A Australia ya no se le
piensa solo por el exotismo de su fabulosa
barrera coralina o por su rara fauna. El
aspecto de su fachada natural ha pasado a
segundo plano, pues sus actuales derroteros
en política exterior han dado lugar a la
desaprobación y condena interna y desde
muchas partes.
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Los
australianos contra la guerra y el
neoliberalismo |
Su absoluta adhesión a los
dudosamente nobles propósitos de la
administración estadounidense al invadir,
hace dos años, a Iraq, la han colocado en el
colimador de las críticas.
Con el envío de un
contingente de 950 hombres, la llamada Isla
Continente se convirtió en la única nación
de la región Asia-Pacífico que secundó a
Washington y a Londres en la "batalla
crucial contra el eje del mal en Medio
Oriente".
Pero a ese negativo
presupuesto de ínfulas conquistadoras habría
que añadirle además las reiteradas acciones
por consolidar dentro de la economía
australiana el esquema neoliberal, aun
cuando sobre este pesa un contemporáneo
análisis extremo a tenor con experiencias
que han demostrado, a la larga, sus
catastróficas secuelas sociales.
El primer ministro, John
Howard, líder del Partido Liberal, hace
hincapié durante su cuarto mandato
legislativo, en imponer una reforma laboral,
la cual privilegia los contratos
individuales.
De aprobarse la medida, esta
dejaría sin garantías de ningún tipo a los
trabajadores, porque los mecanismos de
protección hasta el momento establecidos
pasarían a letra muerta.
Muchos avizoran una "lucha
de jungla" por la oferta y la demanda de
empleo, no sin antes contemplar una
resistencia de envergadura en la masa
laboral de Australia.
Antecedentes del descontento
lo fueron las manifestaciones callejeras de
costa a costa, desplegadas en los últimos
meses, y en las que la Central Sindical
Australiana (ACTU, por sus siglas en inglés)
movilizó a más de 100 mil personas.
Paradigmática resultó la masiva huelga
minera y del sector de la construcción en el
occidente de Australia.
Compuesto por 76 miembros,
el Senado nacional está virtualmente en los
bolsillos de la coalición de gobierno entre
liberales y nacionalistas, quienes aplauden
a manos batientes las pretensiones de un
Howard que cada día se ha definido más por
su corte neoliberal.
De su agenda interna salió
la oposición (protagonizada por el racista
Partido Una Nación) a los reclamos de los
kooris por recuperar algunos de sus
antiguos territorios. Se trata de las
demandas de los aborígenes, habitantes
mayoritarios de Australia desde hace cuatro
mil años, y que ahora constituyen apenas un
pobre 1,5 por ciento de la población total
de 19 millones.
A Howard se le anota también
entre sus "méritos" el referendo de 1999, el
cual desestimó el establecimiento de una
República para privilegiar en un 57 por
ciento el statu quo de continuar con el
cordón umbilical ligado al Reino Unido.
En Australia impera desde el
primero de enero de 1901 el Sistema Federal
de Monarquía Británica, con representación
de un Gobernador General (Parlamento de la
Commonwealth), es decir, el Primer Ministro.
El titular de estos tiempos
preconiza como "beneficio" absoluto la
economía de mercado, presupuestos de
austeridad y privatizaciones entre muchos
otros aspectos. Todo ello supone por
descontado una mínima presencia del Estado
en el terreno económico, así como evidentes
desventajas de clases, palpables en un ocho
por ciento de desempleo de su población
económicamente activa.
Un estudio de 2002
patrocinado por la ACTU demostró que el 80
por ciento de los trabajadores australianos
pedía leyes laborales adecuadas para una
mejor atención a la familia, menos niveles
de estrés y una disminución de sus largas
jornadas. De ahí buena parte de las actuales
reticencias a nuevas reformas neoliberales.