La
Habana, 29 dic.- En 2005, un año de intensa sequía y
potentes huracanes para Cuba, la economía antillana
demostró su potencial, al alcanzar un crecimiento sin
precedentes el cual se tradujo armónicamente en una
mayor calidad de vida.
En el actual desempeño económico de la
Isla tienen una incidencia directa el incremento de las
exportaciones y las excelentes relaciones comerciales
con China.
Cuba mantiene con el país asiático
varios proyectos inversionistas en la esfera del níquel,
el petróleo y el transporte, e importantes fuentes
crediticias.
Los acuerdos con Venezuela, como parte
de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA),
han representado también para Cuba un fuerte motor
económico, de marcado carácter solidario e integrador.
Este año pudiera identificarse como el
de la consolidación del ALBA, proyecto de cooperación
económica regional con carácter social, mediante el cual
Cuba y Venezuela mantienen un importante intercambio
beneficioso para ambos pueblos.
En este balance anual tiene un gran peso
el sector de los servicios, con más de 50 por ciento de
incidencia del PIB, lo cual constituye todo un mérito
para un país que hace apenas medio siglo era casi
exclusivamente productor y exportador de azúcar.
Se añaden las perspectivas que brinda el
turismo, con la visita de 2,3 millones de personas.
Para la Isla aún persisten las tensiones
por déficit de recursos materiales y de liquidez
financiera, pero nunca comparadas con los años más
difíciles de la crisis económica de la década de los 90,
llamada Período Especial, el cual comienza a quedar en
el pasado.
Asimismo, los cubanos han identificado
otra fuente de financiamiento, relacionada con el ahorro
y el uso eficiente de los recursos, y los portadores
energéticos.
Se trata de una batalla contra el
despilfarro y las conductas deshonestas en el manejo de
los recursos del estado en la que está involucrada toda
la población, en respuesta a un llamado del líder de la
Revolución Fidel Castro.
El clima constituyó, sin embargo, un
pesado lastre para la economía antillana que entre
huracanes y sequía produjo pérdidas millonarias, y
obligó al Estado a invertir importantes recursos en su
enfrentamiento y medidas recuperativas.
Dentro del modelo económico cubano,
libre de los dictados del Fondo Monetario Internacional
(FMI), destaca la distancia con el consumismo, así como
la manera en que se ha convertido en un mecanismo para
elevar el nivel de vida del pueblo trabajador.
Ante todo esto se impone la nueva
realidad de los cubanos, con una tasa de desocupación
por debajo de dos por ciento, mientras que las políticas
laborales, de atención y seguridad sociales registraron
en 2005 otro saldo distintivo.
En el año recién concluido más de cinco
millones de ciudadanos elevaron sus ingresos, como
resultado de los aumentos salariales, jubilaciones y
prestaciones de la asistencia social.
Estas medidas no pueden evaluarse solo
por la cantidad de personas beneficiadas directamente,
pues la mejoría ha repercutido de una u otra forma en
los más de 11 millones de habitantes de la nación
caribeña.
Los referidos aumentos, que vienen
realizándose desde mayo pasado, representan en su
conjunto un costo anual de más de cuatro mil 260
millones de pesos, un gasto adicional de 25,8 por ciento
en el monto de la actividad presupuestada del Estado.
Además se ponen a prueba iniciativas
para el desarrollo del sistema electroenergético,
basadas en el ahorro y la eficiencia, un nuevo concepto
que puede ser ejemplo para un mundo cada vez más carente
de fuentes de energías no renovables.
Recientemente el ministro de Economía de
la Isla, José Luis Rodríguez, indicó que el nuevo rumbo
de la economía nacional está dirigido a atender
problemas estratégicos del desarrollo y a la elevación
de la calidad de vida de la población.
Una línea de trabajo que se explica por
sí sola y que le aporta al sorprendente modelo cubano
los elementos esenciales para lograr esa armonía
alcanzada entre crecimiento y calidad de vida.