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BOHEMIA - Revista Ilustrada de Análisis General

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Revista Ilustrada de Análisis General
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INTERNACIONALES

Latinoamérica

La esperanza sopla desde el Sur

Con la mira en objetivos propios y unitarios

Por: MAGGIE MARÍN
inter@bohemia.co.cu

Si algo se demostró a lo largo de 2005 es que a Washington no le resultará fácil zanjar los destinos de América Latina a la vieja usanza, porque la región siguió mirándose por dentro, y en cierta medida, hasta deshaciéndose del tutelaje imperial.

En diciembre Venezuela fue aceptada como miembro pleno del MERCOSUR. En la foto Lula, Kirchner y Chávez, durante la Cumbre del organismo celebrada en Uruguay

Si bien las líneas de impacto mediático fueron la defenestración del mandatario ecuatoriano Lucio Gutiérrez, la obligada renuncia de su similar boliviano Carlos Mesa, y la celebración de comicios presidenciales en Honduras, Chile y la propia Bolivia, lo cierto es que junto a las luchas callejeras y electorales, despuntaron la toma de posesión del primer presidente de izquierda en Uruguay, la conquista de la totalidad de los escaños parlamentarios por el Movimiento V República y otros partidos aliados del gobierno bolivariano en Venezuela, la incorporación de ese país andino al MERCOSUR, y la solidez y contundencia de los primeros pasos unitarios que en toda la historia local se encaminan no hacia mezquinos intereses de mercado, sino a una integración con las miras puestas en dignificar la vida de sus pobladores.

Terminado el primer quinquenio del XXI, la región exhibe en toda su crudeza las secuelas de siglos de depredación y pillaje robustecidos en el último tramo del XX por un neoliberalismo económico cuya voracidad resultó vigorizada más tarde por el Consenso de Washington.

En solo dos datos el drama salta a la vista: los pobres suman 213 millones –más del 40 por ciento de la población–, y a pesar de que solo entre 2001 y 2003 se hicieron pagos por casi 500 mil millones de dólares, la deuda externa asciende a 753 mil millones.

Mientras, los tecnócratas del BM anunciaron sin sonrojo que este año América Latina creció más de cinco por ciento y tiene varios índices macroeconómicos notables. Pero a contrapelo de las acciones y ambiciones de estos filibusteros de nuevo tipo, soplan aires esperanzadores.

Cuando tras recibir la presidencia, el oncólogo uruguayo Tabaré Tomás Vázquez se alineó con los gobernantes progresistas que vienen enfilando sus gestiones con dosis de ética y compromiso social –Hugo Chávez en Venezuela, Luiz Inacio Lula da Silva en Brasil y Néstor Kirchner en Argentina–, se remarcó la oportunidad y validez de una tendencia vital de estos tiempos, que ensaya fórmulas para ir dejando atrás la inacción, el desencanto, la barbarie neoliberal y la marcada subordinación a los dictados de la Casa Blanca, las transnacionales, las entidades financieras y organismos piratescos de toda raza que habitualmente determinan en la política y la sociedad regionales, y que se tradujeron en economías devastadas por el saqueo, pueblos hundidos en la miseria, la marginación, el abandono y las inequidades, y mayores obstáculos a la hora de adoptar decisiones propias.

De modo que en marzo se fortaleció este bloque político empeñado en la custodia de los intereses nacionales, la concreción de medidas sociales, y la integración regional.

Algo que en modo alguno significa –y conviene recordarlo– que tengan manos libres para trazar todas las líneas de su gestión, porque además de lidiar con la oposición interna –partidocracia derechista, oligarquías y élites ideológica y económicamente conectados con Gringolandia y sus compinches– deben enfrentar la herencia de sus antecesores –justamente afincada en la casi total dependencia de las asechanzas y devaneos norteños–, en especial en las dos asignaturas que la región debe revalidar cuanto antes: las políticas económica y social.

Nuevos tiempos

Así las cosas, de inmediato Vázquez lanzó un Plan de Emergencia basado en la reducción de la miseria y la subalimentación, y en asegurar atención médica y educativa al millón de uruguayos que viven en la pobreza.

Aunque tironeado por los interesados en evitar cambios que pongan en peligro la "estabilidad y la concordia", se empeñó también en el fortalecimiento del MERCOSUR y en levantar el manto de impunidad que ha protegido a militares implicados en las violaciones a los derechos humanos durante los gobiernos militares.

La actualidad uruguaya reveló, pues, la dimensión de los nuevos tiempos, aunque no fue lo único significativo acontecido en el Cono Sur.

Tabaré Vázquez, el primer presidente de izquierda en toda la historia uruguaya

Aquella Argentina, que explotó en cacerolazos por estas fechas hace solo cuatro años, logró otros 12 meses de crecimiento económico, así como sortear sin grandes traumatismos las difíciles negociaciones con el FMI que heredó del anterior gobierno.

Conseguía, además, concretar el más firme paso de toda Sudamérica para imponer la verdad y la justicia, cuando su renovada Corte Suprema de Justicia dictaminó la inconstitucionalidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, que desde los 80 interrumpieron los procesos judiciales contra los represores, acción que podría llevar a juicio a unos mil uniformados involucrados en las torturas, asesinatos y desapariciones de 30 mil argentinos de 1976 a 1982.

Entretanto Chile, aún sumido en la incertidumbre respecto a la identidad de su próximo presidente –habrá segunda vuelta en enero porque ningún candidato obtuvo la mitad más uno en los comicios del domingo 11 de diciembre–, conoció un voluminoso informe respecto a lo acontecido durante los años del plomo –mil 179 desapariciones, tres mil asesinatos, y torturas y vejámenes a no menos de 35 mil personas– pero ello no se tradujo en la adopción de decisión alguna conducente a juzgar a los verdugos.

Muy al contrario, el gran culpable, Augusto Pinochet, aunque asediado como nunca por acusaciones de crímenes de lesa humanidad y enriquecimiento ilícito, y desaforado y vuelto a reconocer en la calidad de diputado vitalicio que le otorga la maquillada, pero aún vigente constitución impuesta por su régimen, llega al filo de su 90 cumpleaños sin condena alguna.

Por cierto, casi coincidentemente con el aniversario 32 del golpe pinochetista, subieron de tono denuncias respecto a los reales dividendos obtenidos por el país austral luego de firmar en 2003 un Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos.

En abierto mentís del triunfalismo oficial, el "milagro chileno" hace aguas, como el Titanic cuando impactó el iceberg. Lo cierto es que hoy su economía está más transnacionalizada y "financializada", y que el crecimiento de las exportaciones ha sido sobre todo de materias primas, claro signo de subdesarrollo.

Lo peor, sin embargo, es que las desigualdades económicas y sociales son mayores que hace dos años, y que otro millón de chilenos se sumó a los que aguardan sin esperanzas en la fila de los desocupados.

Zozobra el ALCA

Y viene al caso puntear que 2005 fue un año en que disconforme con los nuevos aires que soplan en su complaciente y tradicionalmente dócil traspatio, Washington ha preferido usar contra nosotros no la violencia abierta –su más recurrente fórmula de estos tiempos a la hora de resolver los asuntos de su interés–, sino otra más socarrona, pero igualmente espantosa, la del negocio en grande que le reportan las vías del mercado.

De modo que el fantasma del libre comercio planeó con fuerza sobre la mitad del hemisferio, en especial luego de resultarle imposible concretar el ya bastante desvaído ALCA.

Porque el tramposo Acuerdo de Libre Comercio para las Américas llegó a fines del período más deslucido que nunca, a pesar del protagonismo que en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata pretendiera otorgarle el mandatario mexicano, Vicente Fox, cuyo propio país, NAFTA mediante, se muestra bastante desguazado. Insólita defensa que chocó con la vocación de independencia e insumisión de Chávez, con el oportuno apoyo de Lula, Kirchner y Vázquez.

Fox y Bush. Amigos para siempre

Afincado pues en esa fórmula más tramposa que mercantil, la Casa Blanca no dudó en fomentar tratados multilaterales como el CAFTA –que trincó en marzo a las maltrechas, débiles y vulnerables repúblicas centroamericanas–, o bilaterales como el TLC recién suscrito con Perú. Nadie duda –quizá ni sus propios firmantes– que el CAFTA terminará de afianzar la hegemonía de Estados Unidos en la región y de hundir y saquear un territorio muy ambicionado por las transnacionales en razón de su posición geográfica, su amplia y rica biodiversidad, y de la sospecha de que guarda importantes reservas de hidrocarburos.

El cinturón americano –en especial Guatemala y El Salvador, aunque también México resistió en grande lo suyo–, sufrió uno de los peores desastres de su historia, la tormenta Stan, cuyos pertinaces y fuertes aguaceros dejaron pérdidas materiales y humanas que se calculan similares o superiores a las reportadas por el Mitch en 1998.

De cualquier modo, vale acentuar que lo peor de todo es que llovió sobre mojado, en la medida en que ha sido la conjunción de servilismo y corrupción local más apatía internacional, la que no ha permitido secar las humedades de Mitch ni de los más de 100 desastres que solo de 1970 al 2000 han golpeado a la región.

Estados Unidos, claro, no suelta la presa, aunque está viva y se debate para salvarse. Ello explica que se empeñe en completar otros TLC con Panamá, Colombia y Ecuador.

Luego, a pesar de que en el período se hizo más evidente, no todos están dispuestos a reconocer que los males que acarrea el libre comercio no son mitos y leyendas, como demuestra fehacientemente México.

Aún una parte considerable de la clase política local está alineada a los postulados del neoliberalismo, y no oculta su rechazo a que América Latina pueda sostener posiciones comunes, de ningún tipo, en un escenario internacional que cada vez pinta con más dosis de terrorismo y autoritarismo, de Norte a Sur.

Porque si por un lado el bloque de gobernantes de nueva estirpe se ha fortalecido –y es posible que lo sea más en breve–, no se debe olvidar que por otro la potencia sigue estrechando y consolidando las redes de un clientelismo local que constituye una fórmula bastante exitosa de consolidar su control político y económico sobre América Latina.

El caso de Bolivia es quizá el más paradigmático, porque tratándose de un país con grandes riquezas naturales, ha sido llevado a un terrible nivel de depauperación.

Bolivia despuntó aún más como ejemplo de todo lo que pueden llegar a hacerles a nuestros países, y también de todo lo que están dispuestos a jugarse los pueblos y los nuevos liderazgos empeñados en remediar el infamante pasado.

De modo que de nuevo el país del altiplano vivió un año agitado, marcado por recurrentes y amplias manifestaciones populares en procura de la nacionalización de los hidrocarburos, de una constituyente, y de impedir que una proyectada ley de autonomías posibilite el desgajamiento de la rica y blanca Santa Cruz de la Sierra.

En medio de tan complejo panorama –que terminó con el interinato de Mesa–, surgen esperanzas de que pueda llegar a la presidencia el primer mandatario de origen indígena, con una vida dedicada a defender los intereses de los sectores humildes y desclasados.

Aunque cuando este texto se puso en el ciberespacio aún no se habían producido las elecciones, todo indica que de no existir fraude u otras variantes tramposas, Evo Morales se alzará con el triunfo, lo que inauguraría una etapa de cambios políticos, económicos y sociales, aunque también de maratónicos retos con los norteños.

Tampoco ha cesado Gringolandia de urdir tramas y fullerías contra la Revolución Bolivariana y su líder. La "fuerza negativa", las "formas nada liberales" y los "malos ejemplos" –son palabras de la Dama Halcón Condoleezza Rice– que Hugo Chávez ha desgranado nuevamente por la región, han hecho sangrar por las heridas a la potencia, que a pesar de un amplio surtido de esfuerzos y estrategias, no ha logrado detener los logros en Venezuela, ni doblegar los ímpetus unitarios de su mandatario.

Porque si de algo no quedan dudas es que Hugo Chávez está contribuyendo en grande a conformar los cambios que América Latina necesita.

De indudables beneficios para los pueblos han sido pues la Primera Reunión Cuba-Venezuela para la Aplicación de la Alternativa Bolivariana para las Américas, la fundación y primera cumbre de PETROCARIBE, y la firma entre Venezuela y Argentina primero, y Venezuela y Colombia después, de un número de acuerdos con las miras puestas en una integración diferente, basada en la cooperación, la solidaridad, la equidad y la voluntad de avanzar hacia otros horizontes, más que en el comercio y los negocios.

Una unión que, por demás, preserve la independencia, soberanía e identidad latinoamericanas, y se oriente a un futuro de unidad económica, política y social.

Bajo su rótulo, o sin él, el ALBA "es ya una alternativa que está en marcha", como ha dicho el creador de este mecanismo que asegura el empleo soberano de los recursos naturales y las riquezas que guardan nuestros empobrecidos países, sin intervenciones foráneas, y bien lejos del intercambio desigual y de las interesadas políticas de los centros hegemónicos de poder.

Terminado el 2005, pareciera entonces que luego de tantos cientos de años de filibusterismo y soledades, el XXI será el siglo en que la región –como los Buendía garciamarquianos–, están a las puertas de conquistar una segunda oportunidad sobre la Tierra.

(23 de diciembre de 2005)



     
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