La determinación del sexo de
los ángeles -sin que ni uno de ellos bajara
de su nube a mostrar sus partes pudendas- y
la épica batalla mental por adivinar cuántos
de esos seres alados alcanzan a copar la
cabeza de un alfiler eran objeto
privilegiado en las torrentosas discusiones
de Bizancio; de ahí que, hoy, discusión
bizantina sea aquella que no conduce a
puerto seguro, la baldía, la que huelga.
Y Bizancio se proyectó en el
tiempo. Y un día su espíritu dialógico llegó
a una liza donde lánguidos diletantes
acusaban, acusan, al periodismo casi de
palafrenero ante la literatura. Volatinero,
frío, somero, de sentimiento descafeinado…
He ahí los términos con que "eximias" plumas
lo han condenado a la hecatombe del
descrédito. En arrebatada contrapartida,
algún que otro portaestandarte del
periodismo ha llamado "literatura" a la mera
palabrería –se subraya con seño adusto y
ademán desdeñoso: "eso es literatura"-,
airado porque ciertos pontífices de las
letras se apartan con remilgos de damita
encopetada del hecho noticioso y noticiable,
concreto y objetivo que constituye el
alimento del periodismo.
Periodismo y literatura;
periodismo o literatura. El cubano Luis
Sexto se atreve a meter baza en un dilema
harto espinoso, por la prolijidad de
comentarios y comentaristas, y sale incólume
y victorioso en el empeño. Ha puesto su pica
en Flandes. Nos emociona y convierte en
cómplices no sólo con sus conclusiones, sino
con el modo como desgrana la argumentación
en su libro Periodismo y Literatura: El arte
de las alianzas, refundición del recién
publicado Estrictamente personal: Notas de
clases sobre el periodismo literario,
enriquecida con un capítulo sobre el estilo
y una selección de reportajes
paradigmáticos, que califica de casi
ejemplares.
Las líneas que corren ante
nuestra vista, debidas a la editorial Pablo
de la Torriente Brau, llevan la impronta de
la elección, el vocablo justo, la frase
rítmica y una proverbial hondura de
pensamiento. Excelente ensayo este que, con
lenguaje pulcro, señorial, nos convence, y,
con hechura vigorosa, nos persuade de la
cercanía vital del periodismo y la
literatura, y de que el periodismo literario
viene a resultar síntesis de ese par
dialéctico, literatura-tesis,
periodismo-antítesis, o periodismo-tesis,
literatura-antítesis, que algunos juran
apreciar y hacen notar en encendidas
polémicas.
Sí, ante nosotros discurren
pruebas fehacientes, conceptuosas, de que el
periodismo suele pedir préstamos a la
literatura, para devenir literatura otra,
que bien podría llamarse periodismo
literario. Y aquí viene lo bueno, o lo
mejor. Mientras algunos -¿muchos?- no osan
trascender manuales útiles en su tiempo,
tiempo ya ido, Sexto truena contra el exceso
de sometimiento a las normas convencionales,
el fanático culto a la despersonalización,
apropiada siempre que no se pretenda
absoluta, algo común para escribanos
empeñados en camuflar la sequedad, la
frialdad, la superficialidad de sus prosas
bajo el manto cómodo de una frase de
resonancia tartufesca mil veces reproducida:
"Escribe lo más sencillo que se pueda, para
que el pueblo te entienda". Frase que juzga
al pueblo ignaro por los siglos de los
siglos.
El autor rompe lanzas contra
quienes ejercen el oficio como empleo, que
no como vocación. Aquellos que se arrullan
con una magra cultura, dos o tres reglas
rumiadas y la consabida carencia de
creatividad.
Quien apure este estudio
seguramente se reafirmará en que el
periodismo literario no nació con Tom Wolfe
y otros, eso sí, egregios representantes
-¿acaso algo nuevo respira bajo el Sol?-. El
Norte suele considerarse ombligo y hontanar
de lo humano y lo divino, diría el célebre
filósofo Inmanuel von Perogrullo si
asistiera a este convite. En Martí, cerebro
y miocardio incomparables, estaba ya el
periodismo literario, como estuvo en Víctor
Hugo y otros titanes de la literatura, que
quizás algún día podamos considerar
periodismo otro.
En tanto esperamos la
novela, el libro de relatos, los de
crónicas, que aguardan en las gavetas del
escritorio de Luis, bien valdría una misa
abrir las páginas de este ensayo, que nos
dispensa el don inapreciable de la duda,
porque, con esta obra de innúmeros quilates,
el colega y académico ha buscado
desencadenar la duda. Pero una duda
cartesiana, asaz útil, que impele a los
periodistas a reconsiderar lo hecho hasta
ahora, y que unge a los lectores con el
bálsamo benéfico de la esperanza.
La esperanza de que el
periodismo se siente sin complejos a la mesa
del banquete platónico en la ancha república
de las letras.