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Bloqueo
Intruso en la biblioteca
Las agresiones económicas de
Estados Unidos contra Cuba también han hecho
diana en el mundo de los libros
Por: DIXIE EDITH
cultura@bohemia.co.cu
(16
de octubre de 2006)
El Principito, de
Antoine de Saint-Exupery; El Amante de
Lady Chaterley, del escritor británico
David Herbert Lawrence; Los Hermanos
Karamazov, de Dostoievski; Qué verde
era mi valle, de Richard Llewellyn;
La Edad de la razón, de Jean-Paul
Sastre; Veinte mil leguas de viaje
submarino, del Julio Verne y obras de
Ernest Hemingway. Esos, entre otros cientos
de libros, fueron confiscados por la Aduana
de Estados Unidos el 21 de julio de 2005, en
el puesto fronterizo de McAllen, Texas.
La orden vino directamente
de la Casa Blanca y alcanzó también a
decenas de computadoras que venían a La
Habana como parte de la Caravana de la
Amistad de los Pastores por la Paz.
La noticia no sorprendió a
los cubanos, acostumbrados desde siempre a
los intentos del imperio de colar las
narices en la cotidianeidad y los destinos
de la Isla. Pero fue evidencia más de un
hecho no siempre comprendido en toda su
magnitud: el
bloqueo estadounidense
se ha colado hasta en las bibliotecas.
Las másteres en Ciencias
Vilma Ponce y Nuria Pérez lo estudiaron
hasta el detalle y lo demostraron en su
informe Incidencia del bloqueo del
Gobierno de los Estados Unidos en las
bibliotecas cubanas: 2001-2005.
Según las expertas, aunque
leyes como la Enmienda Berman (1988) o la
que se refiere al libre comercio de ideas,
disponen que las medidas restrictivas
impuestas por Estados Unidos a otras
naciones no deben interferir en el
intercambio de información; y el Gobierno de
ese país asegura –con su habitual
desvergüenza- que el bloqueo contra Cuba no
se extiende al ámbito cultural y científico,
la realidad los demiente.
A los cubanos, el bloqueo
también los priva de diversas lecturas.
Pero, además, las bibliotecas han sufrido
daños en sus colecciones y locales que
llegan a ser irreversibles; desde el "Norte"
se ponen trabas al acceso a bases de datos y
otros servicios de Internet, al intercambio
académico y a otras actividades de las que
diariamente enfrentan esas instituciones.
Cubanos peligrosos
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Mapa de Cable Submarino, 2004) Cuba está
ausente de los corredores de
conectividad |
Una de las más recurrentes
variantes es la negación de visas a
bibliotecarios y dirigentes del sector,
práctica que se ha convertido en un hábito
de la actual Administración de Washington.
Entre 2001 y 2005 ocho
especialistas de esta rama no pudieron
viajar a Estados Unidos. Otros dos nunca
llegaron a Puerto Rico, para cumplir
diversos objetivos: asistir a conferencias
anuales de organizaciones como IFLA
(Federación Internacional de Asociaciones de
Bibliotecarios), la ACURIL (Asociación de
Bibliotecas Universitarias, de Investigación
e Institucionales del Caribe) y ALA
(Asociación Americana de Bibliotecarios); o,
simplemente a intercambios de experiencias,
encuentros culturales, cursos y
adiestramientos.
Varios de ellos, para colmo,
terminaron con un cartelito de cubanos
peligrosos.
En el año 2003, la
licenciada Marcia Medina Cruzata,
subdirectora de la Biblioteca Nacional José
Martí, y concejal de ACURIL desde 2001, no
pudo presentarse en la Conferencia Anual de
esa organización que se iba a celebrar en
Puerto Rico. En su pasaporte, de manera
insólita y sin ninguna explicación, se le
estampó el número 212F.
La anotación corresponde a
una sección de la Ley de Inmigración y
Naturalización de los Estados Unidos. Esta
señala que se les prohíbe la entrada a ese
país a aquellos funcionarios o ex
funcionarios extranjeros que están o han
estado involucrados en actos de corrupción
desde la posición de poder y que su acción
ha provocado serias consecuencias adversas a
los intereses de esa nación. Esos serios
efectos adversos incluyen daños a los
negocios norteamericanos, a la seguridad de
los Estados Unidos contra el crimen
transnacional y el terrorismo y a la
estabilidad de sus instituciones
democráticas y nacionales.
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Definitivamente, Bush no
entiende de libros
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En el mismo año, la
licenciada Bárbara Susana Sánchez Vignau,
directora de la Biblioteca Central Rubén
Martínez Villena, de la Universidad de La
Habana, recibió un cuño similar en su
pasaporte, cuando pretendía responder a una
invitación de la Universidad de Alabama para
un encuentro cultural. Por si no bastara, su
documento fue retenido injustificadamente
durante 24 meses por la Oficina de Intereses
de los Estados Unidos en Cuba.
Para la doctora Marta Terry
González, miembro de la Sección de América
Latina y el Caribe de IFLA, la situación fue
más difícil. En marzo de 2004 no pudo
participar en una reunión de trabajo en El
Salvador y fue víctima de atropellos y
humillaciones en dos aeropuertos
latinoamericanos, esta vez cómplices del
bloqueo. Se le había asegurado que a su paso
por Panamá, la cónsul de El Salvador en ese
país le pondría el cuño requerido para
continuar el viaje. La funcionaria nunca
apareció y la profesora tuvo que pasar la
noche detenida junto a individuos de la peor
calaña. Decidió, no obstante, continuar
viaje hacia su destino, confiando en que
allí la estarían esperando. Nadie fue a su
encuentro en el aeropuerto de El Salvador y
nuevamente fue encarcelada hasta que, al
fin, logró retornar a Cuba sin poder cumplir
el objetivo de su viaje.
Bloqueo en la red de redes
Impaciente, esta reportera
de BOHEMIA se acordó de ETECSA (Empresa de Telecomunicaciones S.A.),
de las líneas telefónicas y de la lentitud
de la computadora. Tras varios intentos, el
informe que sirvió de fuente principal a
este trabajo nunca se dejó descargar desde
Internet. Hubo que copiarlo directamente de
las PC de la Biblioteca
Nacional.
El responsable de esas
cuitas tecnológicas –bastante frecuentes,
por cierto-, está directamente ligado al
bloqueo. Y la explicación se desprende del
informe de marras. Aunque parezca ciencia
ficción, el maligno engendro navega también
dentro de la supuestamente "libre y
democrática" Internet.
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El bloqueo contra Cuba también se ha
colado en la llamada red de redes
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El Mapa de Cable Submarino
para la Comunicación Global del año 2004 lo
deja claro. Cuba queda excluida de todos sus
corredores, lo que afecta la conectividad de
bibliotecas, centros de información,
universidades, revistas, periódicos y, por
supuesto, de esta atribulada reportera.
En 2004, el entonces
ministro de Informática y Comunicaciones
explicaba al periódico
Juventud
Rebelde, diario de la juventud cubana, que "cada vez que Cuba intenta añadir un
nuevo canal a Internet, la contraparte
estadounidense debe obtener la licencia
apropiada del Departamento del Tesoro de
Estados Unidos".
El bloqueo obliga a utilizar
un ancho de banda y conexión al satélite
caro y lento. El problema podría resolverse
si se conectara un cable de fibra óptica
entre Cuba y la Florida, pero las
autoridades estadounidenses no lo permiten.
Sobran los comentarios.
El asunto
no termina con la lentitud de las
comunicaciones. Los centros bibliotecarios
tampoco pueden, en muchísimas ocasiones,
acceder a algunos de los servicios gratuitos
que se ofrecen por Internet. Como muestra,
unos botones.
"La transnacional SUN
Microsystems Inc., que ofrece el acceso
libre a sus productos, establece la
prohibición de exportar y reexportar
hardware de SUN, software, servicios, y
tecnología a los países sujetos a embargo o
a sanciones comerciales por los Estados
Unidos", explica la investigación de Nuria y
Vilma.
La vigencia de esta
disposición la comprobó Fernando Martínez,
responsable del Departamento de
Publicaciones Electrónicas de la Biblioteca
Nacional José Martí, en agosto de 2005.
Solicitó on line el programa PLUGINS
JAVA (tm) que oferta de forma gratuita esta
compañía y recibió la siguiente respuesta:
Java (tm) no puede descargarse a su
equipo. Su país no tiene autorización.
De igual forma, todas las
licencias de uso de Microsoft consignan que
estos no pueden ser exportados a Cuba, a
terceros países que negocien con ella ni a
personas que se sospeche, puedan hacerlos
llegar a la Isla. Daniel Motola, jefe del
Departamento de Automatización de la
Biblioteca Nacional, intentó protegerse de
los virus informáticos bajando la
actualización del software McAfee y recibió
una rotunda negativa. En inglés. We are
sorry but it appears that you are located in
a country that we are unable to export to in
accordance with United States law. (Los
sentimos pero parece que usted se encuentra
en un país donde no podemos exportarle de
acuerdo con las leyes de Estados Unidos.)
Desde el año 1962, Cuba
tiene prohibido adquirir equipos de cómputo
de cualquier compañía o subsidiaria
estadounidense, limitaciones que se
"apretaron" con la aprobación de las leyes
Torricelli
y
Helms-Burton.
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Restaurar o microfilmar libros y
documentos puede convertirse en una
"misión imposible"
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"La empresa cubana CITMATEL,
suministradora de equipos de computación a
centros científicos de la Isla, tiene muchas
veces que adquirir estos bienes a través de
terceros países y pagar hasta un 30 por
ciento más en relación con el precio en el
mercado de los Estados Unidos. A este costo
se le suman las elevadas tarifas que hay que
desembolsar por transportación (…) Incluso
en ocasiones hay que abonar un plus por el
temor del vendedor a las pérdidas que le
ocasionaría si el Departamento del Tesoro
descubriera que ha negociado con la Isla",
refiere el informe.
"Estos hechos son las causas
principales de que la mayor parte de la
tecnología que poseen las bibliotecas hoy
día es obsoleta y se ha adquirido
fundamentalmente a través de donaciones."
El sistema de bibliotecas
públicas del país requiere actualmente de
unas dos mil 231 computadoras, lo que
representa un costo de tres millones de
dólares. Parecida situación enfrenta la
Biblioteca de Literatura y Lingüística, que
no ha conseguido digitalizar sus fondos ni
disponer de catálogos on line por
insuficiencia de equipamiento.
Escondido en los estantes
Los cubanos no pueden
consultar la Enciclopedia Británica. Resulta
que la edición del valioso texto -32
volúmenes a un costo aproximado de mil 400
dólares-, pasó a ser propiedad de una
compañía norteamericana con sede en Chicago,
Illinois. Ahora está vedada para la Isla,
aun si aparecieran los fondos para
adquirirla.
Las bibliotecas
universitarias tampoco cuentan con otros
repertorios de referencia actualizados que
son de gran utilidad para los estudiantes y
profesores, pues la mayoría de ellos es
elaborada por el Instituto de Información
Científica de los Estados Unidos.
La Bibliografía Nacional,
prestigiosa desde el siglo XIX, cuando era
compilada por Bachiller y Morales, Carlos M.
Trelles, Fermín Peraza, y otros grandes
bibliógrafos, se encuentra hoy día
incompleta porque no se pueden adquirir
todas las obras editadas en el extranjero
que traten sobre Cuba o sean de autores
cubanos.
Y en el terreno de la
conservación, restauración y microfilmación
de documentos, las vallas del bloqueo son
especialmente altas. En la práctica,
conseguirlos se hace tan difícil que la
Biblioteca Pública Rubén Martínez Villena
tuvo que cerrar su taller de restauración
desde 1995 y el pequeño taller de
conservación de la Biblioteca de la
Casa de las Américas
está prácticamente paralizado por la
insuficiencia de materiales, como papel
japonés y cartulinas libres de ácidos. Por
solo mencionar dos ejemplos.
En el informe sobre el
bloqueo que Cuba presentó en Naciones Unidas
en 2004 se asevera que de poder "adquirir
los materiales e insumos necesarios en el
mercado estadounidense o a través de
empresas norteamericanas radicadas en el
Caribe, Centro o Sudamérica, se podrían
restaurar tres mil 600 documentos
anualmente. Hoy, no se alcanza el 20 por
ciento de esta cifra".
Otros demonios
Las marañas del bloqueo
también afectan a quienes viven del otro
lado del estrecho de la Florida. Tanto, que
el señor Joaquín Gil del Real, residente en
California, perdió la paciencia. Interesado
en obtener copia de algunos documentos de la
Biblioteca Nacional José Martí para
conformar una biografía de su bisabuelo,
José Triay, propuso hacer el trámite
bancario a través de Panamá donde residía su
hija, pretendiendo burlar al indeseable
intruso. Pero no contó con otro problema,
Cuba no puede admitir cheques de Estados
Unidos. El trabajo, que inicialmente se
valoró en 36 dólares, terminó encareciendo
tanto y volviéndose tan complejo, que el
señor Gil del Real desistió de adquirir los
documentos.
La Isla tampoco puede
realizar compras electrónicas ni
intercambiar información con clientes y
especialistas residentes en los Estados
Unidos. Tiene prohibido hacer gestiones
comerciales a través de bancos e
instituciones financieras norteamericanas y
las personas residentes en el país vecino,
interesadas en un servicio bibliotecario
ofrecido por entidades cubanas, tienen que
realizar la compra a través de un banco de
otra nación, con tarjetas de crédito o
cheque que no sean estadounidenses.
Igualmente, las
instituciones, organizaciones y personas
radicadas en los Estados Unidos no pueden
realizar donaciones a nuestras bibliotecas.
La violación de estas disposiciones lleva
directamente a una sanción que puede
alcanzar los 50 mil dólares, unida al
decomiso de los fondos, documentos, u otros
artículos que se consideren medios de
violación.
El bloqueo, sin embargo, no
protege a los cubanos de que les roben su
patrimonio.
El 17 de julio de 2001,
Eliades Acosta, director de la Biblioteca
Nacional, recibió un correo electrónico de
su homólogo en el Ateneo de Boston,
Massachussets. En el mensaje se informaba
que desde 1994 la biblioteca del lugar había
adquirido la primera edición de un Atlas de
1570, que llevaba dos cuños de la Biblioteca
Nacional de Cuba. El funcionario solicitaba
una aclaración definitiva sobre el origen
del volumen.
Dos días después Eliades
Acosta respondió por la misma vía que el
Atlas era propiedad de la Biblioteca
Nacional de Cuba, robado en fecha anterior a
1991, momento que se detectó e informó su
pérdida. El director de la José Martí
asistió al Congreso de IFLA, en Boston, en
agosto del 2001 y llevó las pruebas de que
el libro era propiedad de su institución. El
24 de febrero de 2003, el señor Richard
Wendorf reconoció, también vía correo
electrónico, que el Atlas debía retornar a
sus verdaderos dueños.
Los estantes de la
biblioteca aún esperan por el libro de la
discordia.
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