Georges Claude pudo haber
viajado desde Francia a cualquier lugar del
mundo con su proyecto bajo el brazo, en
aquella primera mitad del siglo XX. Sin
embargo, razones científicas contundentes
debieron motivarlo a escoger la ciudad
cubana de Matanzas para poner en práctica la
idea de obtener la energía disponible entre
dos focos con una pequeña diferencia de
temperaturas, formulada en 1881 por su
coterráneo Jacques d´Arsonval.
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La termoeléctrica José Martí, en
Matanzas, es una de las propuestas para
instalar una planta de Conversión Termoceánica de Energía
(Foto: GILBERTO
RABASSA) |
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Además... |
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Algunas plantas OTEC en el
mundo |
Claude se había aliado con
el también científico francés Paul Boucherat,
junto a quien, en 1926, propone una
aplicación basada en el uso del agua de mar.
Quizás los galos pasaron
inadvertidos entre los matanceros, hasta que
se corrió la voz de que construían una
piscina en la bahía para generar
electricidad. Los lugareños, intrigados,
comprobaron con sus propios ojos el ir y
venir de herrajes en el litoral, y cómo una
gran tubería desafiaba el mar. El seis de
octubre de 1930 los investigadores echaron a
andar la turbina y el generador de 22 kw, y
con este último encendieron 30 bombillos de
500 watts.
Tres días después, Georges
Claude dictó una conferencia en la
Academia de Ciencias Médicas, Físicas y
Naturales de La Habana acerca de la
producción de electricidad por esa vía.
Entonces se refirió a la planta
experimental de Matanzas, y anunció su
intención de montar otra en la costa sur de
Cuba, por la suavidad del relieve
submarino, la cercanía de las grandes
profundidades oceánicas y la privilegiada
temperatura del agua superficial en esa
ribera, superior a la de la costa norte.
La planta de Matanzas solo
sobrevivió 11 días, pues fue destruida por
una tempestad. Pero entusiasmados por el
éxito del primer sistema OTEC (Ocean
Termal Energy Convertion) de la historia a
partir de la diferencia de temperatura entre
la superficie y el fondo del mar, los
audaces investigadores construyeron en 1935
un segundo sistema de 2,2 mw. Cuentan que a
bordo del barco Tunesie, a cien kilómetros
de las costas de Brasil, se produjeron –por
ese método– más de dos mil toneladas de
hielo para abastecer hoteles de Río de
Janeiro, cuando aún no estaban muy
desarrollados los sistemas de refrigeración
doméstica.
El nuevo intento demostró la
validez de una tecnología que, en lo
sucesivo, y hasta nuestros días, ha tenido
más detractores que seguidores, pues se le
estima sumamente compleja y costosa. Además
del considerable monto de la tubería, su
instalación requiere no solo de flotadores
en el mar, sino de varios barcos que la
muevan y de minisubmarinos para fijarla al
fondo oceánico.
No obstante, el hecho de que
Estados Unidos y Japón, líderes mundiales en
la materia, insistan en utilizarla apunta a
un equilibrio costo-beneficio.
Frío frío... caliente
caliente
El océano constituye
el mayor colector solar del mundo;
almacén de energía por excelencia. La
energía absorbida por el agua de los mares
tropicales durante un año es cuatro mil
veces la cantidad que necesita la humanidad
en ese mismo período de tiempo.
El calor que incita la
formación de los ciclones tiene otros
destinos más nobles. El conocido
principio termodinámico de CARNOT
certifica que es posible la transformación
del calor en otras formas de energía, a
partir de la existencia de una fuente de
calor y otra de frío.
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Todavía en el litoral se conserva la
piscina de Georges Claude, donde
nació la explotación de la energía absorbida
por el mar
(CORTESÍA DE JULIO DÍAZ) |
El agua superficial de los
océanos posee temperaturas que oscilan entre
los 25 y 30 grados centígrados, en
dependencia de la latitud. En las
profundidades tropicales (entre 500 y mil
metros) los termómetros marcan entre diez y
cuatro grados, porque existe un movimiento
de grandes corrientes marinas que se
sumergen y emergen, propiciando una relación
fija entre la profundidad y la temperatura
del agua. Esa es la explicación científica
de por qué el mar nos puede ofrecer una
fuente térmica para tener electricidad de
manera limpia.
La tecnología OTEC que
monsieur Claude lanzó a la fama se conoce
como de ciclo abierto. A partir del uso
directo del vapor de agua que produce el
movimiento de una turbina, se genera la
electricidad. Dicho vapor, al condensarse,
no se vuelve a utilizar dentro del ciclo
térmico. Su limitación fundamental es que
requiere de turbinas gigantescas para una
generación que valga la pena. Una central de
200 kw necesitaría un equipo de siete metros
de diámetro.
Buscando mayores niveles de
eficiencia, en 1979 el doctor Luis A. Vega,
del Centro Internacional para la
Investigación de Alta Tecnología de Hawai,
diseñó un sistema de ciclo cerrado, el cual
en vez del agua cálida usa como fluido de
trabajo sustancias como el propano y el
amoniaco. Aunque por este método sí se
obtiene electricidad en el orden de las
decenas de megawatts, tiene el inconveniente
de que no permite producir agua potable. Dos
años después, el propio Vega fundió ambos
ciclos para eliminar las limitaciones que
aquellos por separado engendraban.
Pero los sistemas de
Conversión Termoceánica de Energía (su
traducción al español) rebasan las
ambiciones de cualquier galo soñador. En los
últimos años se han descubierto aplicaciones
en el desarrollo de industrias asociadas al
agua fría profunda, tales como la pesca, el
turismo y la industria biofarmacéutica.
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Julio Díaz y Juan Evangelista Rosales
defienden los sistemas OTEC desde dos visiones diferentes
(Por:
GILBERTO RABASSA Y RANDY
RODRÍGUEZ PAGÉS) |
En Hawai y Japón se fomenta
la cría de peces, algas y microalgas,
aprovechando los nutrientes minerales del
agua profunda. También se extrae el litio
y el titanio, dos metales muy caros,
y presentes en altas concentraciones en los
fondos marinos. Además, naciones como Canadá
experimentan la tecnología OTEC para
sustituir los sistemas de climatización
tradicionales por un intercambiador con agua
fría profunda, lo cual implica considerables
ahorros de electricidad.
Siguiendo las huellas
Desconsolados debieron
quedar los matanceros cuando el mal tiempo
les llevó sin contemplaciones aquella
novedad científica de 1930. Y por esas cosas
de la historia y la identidad, andando el
tiempo siguieron las huellas de Claude y
Boucherat.
Varias tesis de diploma
realizadas en 1989 por estudiantes de la
entonces Facultad de Ingeniería Mecánica de
la Universidad Camilo Cienfuegos, de
Matanzas, trataron de vincular a la
tecnología OTEC los calores rechazados en la
termoeléctrica Antonio Guiteras.
La crisis económica que
golpeó al país en los años 90 del siglo
pasado detuvo las investigaciones. Pero
nunca es tarde si la dicha llega. En el año
2004, los perspicaces matanceros vuelven por
sus fueros y reinician los estudios con
nuevos proyectos de tesis de grado, maestría
y doctorado. Nunca fueron más oportunos.
El doctor Julio Díaz Díaz,
profesor de la Facultad de Ingeniería
Industrial y Economía de la universidad
matancera y responsable actual del grupo
OTEC, fue invitado a un evento sobre agua y
energía y allí supo que el Ministerio de
Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA),
barajaba una solicitud para introducir esa
tecnología en Cuba.
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Cinco zonas de Cuba poseen condiciones
potenciales para extraer el calor de la
superficie del mar, según la información
suministrada por Geocuba
Estudios Marinos. (El norte de Matanzas y La
Habana, el sur de la Isla de la Juventud, el
sur del final de la península de
Guanahacabibes, Holguín y Granma-Santiago de
Cuba)
(CORTESÍA JULIO DÍAZ) |
"Presentamos el proyecto
para la construcción de una planta
demostrativa de OTEC, de entre uno y cinco
megawatts, que podría estar ubicada en la
actual central termoeléctrica (CTE) José
Martí o en la Antonio Guiteras. La idea
fue aprobada y espera por el financiamiento
para llevarla a la práctica", explica el
experto.
Hoy en el mundo ninguna
planta llega a producir cinco megawatts.
Aunque el desarrollo de la tecnología a
escala piloto tiene el propósito de llevarla
a una fase comercial en el futuro, la
corriente eléctrica y el agua fresca
obtenidas favorecerían la zona industrial de
Matanzas y el barrio de Versalles.
La decisión de si la OTEC se
instala en una u otra termoeléctrica depende
de los balances costo-beneficio. La CTE José
Martí se construyó en 1950. Entonces se
instalaron allí dos unidades, que ya hoy no
existen, y una tercera, en 1980, aún en
explotación. Utilizar las dos líneas fuera
de servicio tiene como ventajas la
posibilidad de aprovechar su edificación y
redes existentes, en buen estado. Ello
reportaría un ahorro considerable desde el
punto de vista de la inversión inicial, uno
de los elementos que ha frenado el avance de
la tecnología.
En ambos casos, se propone
que el agua del mar caliente, luego de su
paso por los condensadores, en vez de ser
devuelta al océano, se desvíe hacia la OTEC.
Como resultado, el proceso se haría más
eficiente y menos contaminante, también por
el tratamiento y la reutilización de los
gases de escape.
Con tres solicitudes de
certificado de autor de patente en la mano,
los investigadores matanceros fueron al
diálogo con una prestigiosa compañía
extranjera para desarrollar en conjunto el
proyecto. Las tres innovaciones apuntan a
bajar los elevados costos del conducto que
extrae el agua fría del fondo del mar y a
mejorar la eficiencia del ciclo
termodinámico, sobre la base del uso de los
calores rechazados.
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Gráfico principio OTEC
(CORTESÍA
JULIO DÍAZ) |
Una valoración teórica del
ahorro por el no consumo de petróleo y la
disminución de la carga de gases a la
atmósfera, concluyó que la inversión podría
amortizarse en cuatro años.
Tanto va el cántaro a la
fuente
Juan Evangelista Rosales
Alena, ingeniero eléctrico, ha encanecido
desentrañando los secretos de la energía
termoceánica. Fiel a su pasión por los temas
técnicos, un día de 1976 tropezó en la
biblioteca con un artículo acerca de Georges
Claude, y fue como si el espíritu
emprendedor de aquel lo poseyera. Investigó,
analizó y propuso variantes, pero su plan
terminó engavetado.
"Solo el Forum de Ciencia y
Técnica lo rescató", afirma. Sus palabras se
escucharon en la sesión plenaria de la
última edición nacional de este evento,
realizada el pasado enero, y convencieron.
Dos décadas después, para él todo parece
comenzar.
Hoy este sencillo hombre
forma parte del grupo de la provincia de
Granma para la investigación de la energía
termoceánica, sin abandonar su labor como
especialista en electromedicina en el
Hospital Celia Sánchez, de Manzanillo.
Este equipo integra el grupo nacional
liderado por la Universidad de Matanzas.
El peso de los años le ha
enseñado mucho a Juan Evangelista y por eso
su esquema para el empleo del calor del mar
no deja nada al azar. Su plan partió de
calcular y diseñar un laboratorio para el
ensayo de los diferentes componentes de un
sistema OTEC. El sitio escogido fue La
Cuquita, en el municipio Guamá, provincia de
Santiago de Cuba, para aprovechar el calor
geotérmico de pozos de aguas termales y un
río cercano.
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Planta en Hawai
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Si en esta primera fase todo
sale bien, se pretende la engorrosa tarea de
levantar una planta piloto de ciclo híbrido
con una potencia de un megawatt para
abastecer de energía a 12 mil 400 personas
en la zona comprendida entre El Macío y
Papayo, también en Guamá, y suministrar agua
potable a unos nueve mil habitantes.
Parece ser que la zona de La
Mula, en las proximidades del río Turquino,
desde cuya desembocadura parte un cañón
submarino que alcanza las profundidades
oceánicas muy cerca de la orilla, reúne las
condiciones ideales para aquel propósito.
El sueño de Evangelista se
completaría si, luego de todas estas
pruebas, se erigiera una industria de
conversión térmica con una potencia de cinco
megawatts para brindar energía eléctrica y
agua potable y, posteriormente, la
tecnología se expandiera a las zonas del
país con potencialidades.
Los vientos soplan a favor
en este inicio de año. Poco a poco el tema
de la energía renovable adquiere la
relevancia debida y quienes en diferentes
puntos de la Isla han creído en su valor,
unen su talento y comparten las propuestas
más diversas.
Sería suicida estar de
espaldas al evidente agotamiento de los
combustibles fósiles, más cuando estudios
comparativos indican que con el calor solar
absorbido por el agua superficial del golfo
de México en un día, es posible garantizar
el desarrollo sostenible de Cuba por más de
80 años mediante los sistemas OTEC.
El renacer del experimento
francés en esta parte del Caribe es
tentador. La humanidad está intentando
relacionarse con el océano de un nuevo modo,
siguiendo una vez más las fantasías que
legara Julio Verne. Sería como si el
capitán Nemo, al mando de su Nautilus,
al fin emergiera de la novela Veinte mil
leguas de viaje submarino, primera
referencia documental conocida de que las
diferencias de temperatura entre las capas
superficiales y profundas del agua de los
océanos pueden generar electricidad.