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Sección En Cuba: mirada crítica a una isla que lucha por su desarrollo y por defender su plena soberanía
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Grietas en el surco

Carencias materiales y problemas organizativos frenan el vínculo de los estudiantes con el campo

A Jesús Silverio Rivera, administrador de la Empresa Cafetalera La Palma, en la provincia de Pinar del Río, se le ponen los pelos de punta de solo pensarlo. “Si no hay estudiantes, no hay cosecha de café”. Y a renglón seguido acota: “Fíjese si son importantes, que de cinco mil 280 latas acordadas en la pasada cosecha, recolectaron más de seis mil 500”.

En el tabaco tampoco se quedaron detrás los muchachos. Según directivos de la agricultura en la provincia vueltabajera, solo cuatro preuniversitarios incorporados a estas labores, en el último curso escolar, lograron aportar casi 90 mil pesos. Aunque este no fue el plato fuerte de los alumnos, sino el café.

Con un decir sin almidones, y orondo bajo su ropa de trabajo, Onelio Pérez, alias Melo, administrador en Melena del Sur de la Unidad Básica de Producción Cooperativa (UBPC) Sierra Maestra, una de las más productivas en la cosecha de la papa en la provincia habanera, reconoce la importancia del preuniversitario cercano, de igual nombre, en el escarde, limpia y cosecha del tubérculo. “Las otras fuerzas que nos mandan para la cosecha papera resultan más difíciles de controlar y rinden mucho menos”. La contribución de esta escuela en el curso escolar frisó los 25 mil pesos.

A pesar de tales realidades, que ratifican la eficacia de esta fuerza joven, en la mayoría de los institutos preuniversitarios en el campo (IPUEC) las jornadas de trabajo siguen enfocadas a tres horas semanales y no siempre de cara al surco.

A ojo de buen cubero resulta contradictorio que necesitando la agricultura mano de obra —y los datos aportados por Raúl resultan reveladores: “en solo nueve años la tierra cultivada disminuyó en un 33 por ciento”—, se esté subutilizando tanta energía juvenil. En los años 90 pudiera justificarse. Pero, ¿hoy siguen siendo válidas aquellas razones? 

El fondo del cartucho

El veterano cafetalero Silverio, en La Palma, se queja: “De contra que son solo 30 días de participación durante el pico de la cosecha, ahora solo asisten los de 10mo y 11no grados”. Pero tiene que admitir que, aun cuando la asistencia fuera diaria, su empresa no podría garantizarles la transportación. Este presidente de empresa se siente muy satisfecho con el trabajo de los futuros bachilleres;  cumplieron, pero la Agricultura no quedó bien con ellos. El par de tenis que habitualmente les entrega, necesarios para trabajar en la montaña, llegó dos meses después de terminada la recogida del grano.

En el preuniversitario Ernesto Guevara, conocido como Ceiba 1, en el municipio  habanero de Caimito, la profesora Maria Antonia Montalvo, con más de 30 años de experiencia pedagógica, fue directa al enfatizar que “el vínculo del estudio-trabajo se ha deteriorado por no haberle dado prioridad la empresa”.
“En la escuela —reconoce María Antonia— tratamos de cumplir con este principio, pero solo en parte; incluso tenemos obreros agrícolas empleados para atender nuestra área de autoabastecimiento.”

La pérdida del protagonismo productivo de estudiantes y profesores en las escuelas, confirmada en nueve entrevistas grupales, navegó las aguas del Caribe y llegó también a la Isla de los mil nombres. En dos preuniversitarios de la Isla de la Juventud visitados por BOHEMIA la cantidad de tierra para mantener a los muchachos vinculados a las labores agrícolas no alcanza ni a pedacitos. Felizmente, son los menos.

Al decir de la viceministra de Educación, Kenelma Carvajal, en el conjunto de la enseñanza media superior —donde los IPUEC suman unos 370— solo 57 centros tienen menos de tres hectáreas asignadas.

Algunos centros buscan alternativas de incorporación a las áreas de campesinos independientes, pero sin sistematicidad. Y en ocasiones, esto se hace sin mediar convenio entre ambas partes.  Falta tierra a algunas escuelas, mientras la dirección del país esté llamando desde hace mucho a revertir la tendencia al decrecimiento del área cultivada.

La soga parece tensarse en la no aprendida fórmula de organización y planificación. ¿Habrá existido la suficiente voluntad, el necesario convencimiento, por parte de quienes corresponda, para volver a echar andar al mejor paso la maquinaria detenida por el período especial y que, en definitiva, es la razón de ser de los IPUEC?

Buenos ejemplos no faltan; por tanto, sí se puede. En Pinar del Río hay donde encontrarlos y el director provincial de Educación, Ángel López, explica el secreto de su territorio: “Nos empleamos duro para que se cumpla el vínculo con el trabajo, para que cada quien se sienta parte integrante del socialismo, y no un ente aislado de la colectividad”.

Polvo en el viento

La escasez de herramientas es otra de las principales barreras en los intentos por hacer parir la tierra. “Nada más tenemos cinco machetes, y no son de la escuela, los trajo el subdirector de producción; y aunque quisiéramos adelantar, con eso no podemos”, se lamenta un estudiante del preuniversitario Comandancia de La Plata, en Güira de Melena.

Similares carencias hacen estragos en la generalidad de los centros visitados. Con matrículas que sobrepasan los 300 estudiantes como promedio, aun cuando todos no van de modo simultáneo al agro, resulta evidente que la cantidad de guatacas, machetes y rastrillos se vuelve polvo en el viento.

Esta es una responsabilidad de la Agricultura; pero, qué decir cuando carencias similares afronta el país en las empresas estatales, UBPC y cooperativas. El director de la empresa cafetalera en La Palma se quejaba también de la falta de limas y machetes para sus trabajadores habituales. Es una realidad que trasciende los predios de este cafetalero, según ratificó Julio Rubén Tirado, responsable del departamento Estudio-Trabajo, en el Ministerio de la Agricultura.

Tirado declaró a las reporteras que “hemos propiciado la preservación de este principio, aunque a veces no podemos dar a las escuelas sistemas de riego ni los insumos necesarios, porque incluso no los tenemos”.

La atención de la Agricultura a la base productiva de los preuniversitarios tropieza con estas carencias, a pesar de que una regulación dictada por el Consejo de Ministros y su Comité Ejecutivo establece que: “Los ministerios de la Agricultura y el Azúcar, la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, el Ejército Juvenil del Trabajo y demás entidades agropecuarias, en coordinación con las del Ministerio de Educación (MINED), garantizarán las condiciones necesarias de dirección y control del estudio-trabajo de las escuelas en el campo y demás centros internos enclavados en áreas de dichas entidades”.

Fechado en el 2006, el texto indica que deben ser asignadas o completadas las tierras suficientes, herramientas, semillas, así como otros insumos y aseguramientos para su autoabastecimiento alimentario.

También consigna que los estudiantes podrán combinar el trabajo en las tierras de sus escuelas con labores agrícolas solicitadas por otras entidades. 

Garantizar un eficaz vínculo de los estudiantes con el trabajo no debería ser para cumplir con una formalidad. Entre los tantos beneficios de este principio pedagógico, está su posible influencia en la orientación vocacional. El país demanda cada vez más de profesionales en la esfera agropecuaria, y en lo venidero, se incrementarán las cuotas de matrícula en esas carreras.

Traje a la medida

Cuba nunca ha andado con miramientos cuando se trata de inversiones en función de educar, y mucho menos si los beneficiados son los niños, adolescentes y jóvenes. Sin embargo, para seguir con esta brújula, hace falta echar mano a la calculadora. Conociendo de gastos, se cuida y emplea mejor lo que se tiene. Eso es también cultura económica.

Aventurar el costo promedio de un estudiante de IPUEC es casi imposible, según argumenta la viceministra Kenelma Carvajal, pues responde a las particularidades de cada territorio.

Sin embargo, tampoco en los municipios y provincias visitados por esta publicación pudo encontrarse esa cifra —hubo quien aventuró alguna, pero resultó descabellada—. Lo cierto es que no debe ser una bagatela. Basta intentar cuentas solo referidas al gasto de combustible en la transportación de profesores, muchas veces diaria, y sumarles el traslado periódico de los estudiantes.

Sin dudarlo, además del compromiso ético que entrañan estas escuelas en el campo con la familia cubana y con el porvenir de los pinos nuevos, hay que considerar estos gastos como una razón más para que justifiquen su eficiente funcionamiento en lo educativo y en lo productivo.

Lo que les dio origen, y sigue siendo explicación de su permanencia, es la tesis martiana de combinar los estudios con el trabajo para formar personas más íntegras. Que así sea en todos los casos. Los muchachos pueden aportar mucho donde quiera que haya un pedazo de tierra por cultivar, para bien de su educación, de la escuela, la comunidad y el país. Hoy, como recordó el propio Raúl Castro, los frijoles son más importantes que los cañones.

Retorno a la semilla
Entre tiza y azadón