ESTUDIO Y TRABAJO
Retorno a la semilla
La agricultura se queja de falta de brazos, la mesa de estar menguada, mientras en los preuniversitarios en el campo existe una reserva de fuerza joven que pudiera aportar más. Limitaciones materiales y subjetivas debilitan la esencia formadora del vínculo estudio-trabajo, razón de ser de los Institutos Preuniversitario en el Campo (IPUEC). Proyecciones conjuntas de los ministerios de Educación y Agricultura auguran una mayor implicación de los estudiantes de cara al surco y a los más actuales imperativos del país
Por: VLADIA RUBIO y DELIA REYES GARCÍA
(encuba@bohemia.co.cu)
Fotos: JUAN CARLOS GORT
(26 de agosto de 2008)
“¡Hay que virarse para la tierra! ¡Hay que hacerla producir!”, exhortó el general de ejército Raúl Castro Ruz, presidente de los consejos de Estado y de Ministros, en la reciente sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Pero una parte de los más de 350 institutos preuniversitarios en el campo (IPUEC) con que cuenta el país, no lo está haciendo como debiera.
Al menos, así lo constató BOHEMIA en un recorrido por preuniversitarios de La Habana, Pinar del Río e Isla de la Juventud, en los que sostuvimos nueve entrevistas grupales con estudiantes, y dialogamos con profesores, directivos de escuelas, municipios y provincias, así como con presidentes de cooperativas y funcionarios del Ministerio de la Agricultura (MINAGRI).
La falta de contenido de
trabajo para los estudiantes
en los años 90 condicionó la
disminución de la asistencia a
las labores agrícolas,
puntualizaron directivos
del MINED
Y resulta una paradoja. Casi la totalidad de los IPUEC está rodeada por los cuatro costados de terreno cultivable, cada uno cuenta con cerca de 14 hectáreas como promedio, mientras los vianderos de las propias escuelas y de las comunidades que les rodean están a medio llenar. Es contradictorio porque la razón de ser de estos institutos está anclada en vincular el estudio con el trabajo, como principio martiano. Pero, en menos de la mitad de las escuelas visitadas por este equipo, los estudiantes realizaban labores agrícolas con regularidad.
“Yo pienso que la importancia de lo que hacemos esté en ayudar a la economía del país, o de la provincia, y formarnos. Nosotros ahora no hacemos nada parecido; simple y llanamente limpiamos lo que ensuciamos. No estamos cumpliendo las funciones para las que se hizo este preuniversitario.”
Así se expresó una estudiante de 11no. grado de un IPUEC de la provincia de La Habana, y, matizando cada cual a su manera, una parte importante del casi centenar de muchachos con quienes dialogamos coincidió con la adolescente. Algunos iban al área de autoabastecimiento, no siempre con regularidad; otros, al Huerto del Cocinero —donde se cultivan especias para la cocina de la escuela—, y, los más, se dedicaban a “trabajo socialmente útil”, como llaman a limpiar y embellecer el centro.
¿Estudio?, ¿trabajo?, ¿o simplemente
pensando en las musarañas?
En los años 90, con el período especial, los estudiantes de estos centros internos comenzaron a perder el vínculo con la tierra, y lo que era “la nueva escuela hecha con adoquines de vergüenza, tierra y lucero”, al decir del trovador, se convirtió en otra cosa, aunque, contra viento y marea, no cerró sus puertas.
Contra viento y marea
Fue en el curso 2004-2005 cuando se modifica el plan de estudios de la enseñanza preuniversitaria, incrementándose las horas de clase en algunas asignaturas y reduciéndose el tiempo dedicado al agro. De la asistencia diaria al campo pasaron a tres veces a la semana, tres horas cada jornada —con adecuaciones en algunos casos.
La viceministra Kenelma Carvajal Pérez, al frente de la educación preuniversitaria, lo explica:
“Se llegó a la conclusión de que con tres veces a la semana podía mantenerse la vinculación del alumno con la actividad laboral, contribuyendo así a su formación de valores. Además, en los últimos años la cantidad de estudiantes que iban a labores asociadas con cooperativas y empresas, por lo general había comenzado a disminuir, y la mayor vinculación estaba dada en las propias tierras de las escuelas, en las áreas de autoabastecimiento.”
En el huerto escolar, no se trata de
“poner una piedra”, sino de
quitar muchas
Mientras los alumnos miraban desde lejos los terrenos que rodeaban sus escuelas, cultivados o baldíos, la necesidad de producir alimentos no había dejado de ser un imperativo para el país, como lo sigue siendo ahora.
A ello se agrega que, intentando buscar contenido de trabajo a toda costa, pudieran haberse tergiversado algunos conceptos por el camino. Quitar telarañas, limpiar el pasillo central varias veces aunque brille como un espejo, o recoger basura del sótano, son algunas de las tareas que acometen los muchachos dentro del renglón trabajo productivo. Buena parte son útiles, pero no muy productivas, al menos no como podrían ser las cosas en el surco. A tal punto llegan las confusiones, que al conversar con los estudiantes estos aseguran “tener campo” cuando hacen esas labores.
En el preuniversitario
pinareño Flor Crombet,
las tareas de autoservicio
ayudan a formar hábitos,
pero no son las únicas
Con los mogotes de Viñales mediando, otro punto de vista diferente sostiene el director del IPUEC pinareño Flor Crombet, en zonas del Plan Turquino, donde los muchachos se dedican a la recogida de café durante movilizaciones de 30 a 45 días. Inocencio Delgado Bravo, fue alumno de la misma escuela que dirige desde hace 15 años y asegura convencido:
“El trabajo educa cuando es útil. Nunca salimos a una tarea si no hay conciencia de qué vamos a hacer y por qué. Ellos saben el valor de una lata de café y entienden que mientras más se produzca, más posibilidades tenemos de salir de los problemas. Los hemos preparado para eso.”
Pero no en todos los lugares tienen igual visión.
“El director nos dijo ’tiendan las camas que viene una visita’, lo hicimos y al dar la media vuelta, adiós sábana, se la habían llevado”. Cuando suceden cosas así, narradas en el IPUEC Ignacio Agramonte, en la Isla de la Juventud, resulta mucho más complicado formar valores como la laboriosidad y la honestidad.
Es difícil formar valores como la
laboriosidad, cuando no están creadas
todas las condiciones
¿De dónde son los cantantes?
Queda claro que la conjugación del estudio con el trabajo no puede entenderse solo como el aporte de mano de obra agrícola. La contribución productiva estudiantil no ha sido solo lo más importante; la aspiración martiana tuvo siempre una intención esencialmente formadora, y es ese el blanco al que apunta la pedagogía cubana.
Sin embargo, al preguntar a los adolescentes que habían recogido cítricos, café o papas, sobre la utilidad de su aporte, el valor de lo que habían cosechado, su destino, y otras interrogantes similares, fueron muy pocos quienes supieron responder. Ninguno conocía cómo habían llegado a Cuba esos cultivos ni sus propiedades medicinales o alimentarias. Tampoco su actual destino.
Los módulos pecuarios, alternativa de
vínculo laboral, no siempre se
aprovechan de forma óptima
para este fin
“Nos dicen: ‘Te toca recoger un saco de naranja, coge el jolongo, échalo en el parle, y terminaste’. Nunca sabemos”, contestó espontáneamente un estudiante en la provincia de La Habana.
Todavía resuena el programático discurso de Raúl el pasado 11 de julio, cuando al convocar al ahorro, la planificación y organización, estaba llamando también a acrecentar la cultura económica. Y esa es una siembra que debe comenzar en la escuela. Pero los propios profesores y directivos entrevistados por BOHEMIA cancanearon al contestar las mismas interrogantes que planteamos a sus educandos.
Al averiguar con los adultos cuál había sido el aporte de la escuela en lo que va de curso, a cuánto ascendía su valor, a dónde ingresaba ese importe, las respuestas casi nunca fueron precisas: “Tengo que buscarlo”, “Eso lo tiene la Agricultura”, “Se podría calcular”. ¿Cómo ahorrar, incrementar o cuidar lo que no se sabe cuánto vale ni para qué sirve?
La recreación sana siempre será una
buena alternativa, sobre todo si, como
en el caso del preuniversitario Flor
Crombet, se sienten satisfechos
con su aporte al café
De corcho son mis grandes ganas de vivir
Sentados en círculo en los pasillos, en bibliotecas o en aulas vacías, los estudiantes se expresaron libremente ante la grabadora, con la espontaneidad que da tener menos de 18 años. Al conversar con ellos sobre el preuniversitario que quisieran para sus hijos, la casi totalidad respondió que les gustaría un preuniversitario en el campo.
Algunos le hicieron modificaciones al modelo añadiendo más recreación, pase semanal, mejor alimentación. Y casi la totalidad, según ratificaron las dinámicas de grupo hechas por BOHEMIA, deseó que tuviera el vínculo del estudio con el trabajo, aun cuando ninguno matriculó en su IPUEC movido por ese resorte, sino para acceder a una carrera universitaria.
El que siembra su maíz, se come su pinol
“Sería una escuela como esta, pero con más condiciones y posibilidades para poder trabajar”, reflexionó un estudiante del Luis Augusto Turcios Lima, en Caimito. A unos kilómetros, en Melena del Sur, otro alumno también de 11no. grado, del IPUEC República de Guinea, declaró con seguridad que también quería que su futuro hijo fuera a una escuela en el campo, porque “el trabajo es difícil, pero es una cosa que hace falta, que lo forma a uno, todo en la vida no puede ser que te caigan las cosas del cielo”.
Grietas en el surco
Entre tiza y azadón