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Sección En Cuba: mirada crítica a una isla que lucha por su desarrollo y por defender su plena soberanía
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SUCESOS DEL TEATRO VILLANUEVA

Última noche de una obra bufa

A 141 años de la masacre, los recuerdos vuelven a estremecer la memoria

Por ROXANA RODRÍGUEZ (cultura@bohemia.co.cu)
Fotos: Archivo de BOHEMIA
(archivo@bohemia.co.cu)

(22 de enero de 2010)

Grabado sobre la represión desatada por el colonialismo español contra la población civil habanera el 22 de enero de 1869
En la sangrienta noche del Villanueva, el
Cuerpo de Voluntarios arremetió contra una
población civil desarmada
(ARCHIVO DE BOHEMIA)

Apenas estallaba la contienda del 68 en el oriente cubano y los aires redentores iniciados por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre, en Demajagua, ya se sentían en el occidente que, en aparente sosiego, permanecía bajo el control estricto del dominio español. La Habana ardía en “silencio” semanas antes de los fatídicos sucesos del teatro Villanueva.

Entonces gobernaba en Cuba el capitán general Domingo Dulce y Garay. Hombre de escasas luces, pusilánime e inconstante, correspondió a los intereses económicos de la burguesía esclavista cubana y representó el poder de la Península sobre la mayor de las Antillas por cerca de cinco meses, suficientes para dejar inscritas una de las páginas más sombrías de nuestra historia.

En la manigua las acciones bélicas victoriosas de los insurrectos alzados en armas encendían cada vez más la llama emancipadora de sus simpatizantes habaneros. En tanto, Dulce intentaba llevar al orden a los sediciosos en todo el país, pero era demasiada la agitación tras el manifiesto de independencia proclamado por Céspedes unos meses antes y de la libertad de imprenta, decretada en los primeros días de 1869. 

La trágica función del 22 de enero de aquel año en el Villanueva resultó una consecuencia de lo sucedido en la representación anterior. Sin embargo, varios eventos precedentes influyeron y convulsionaron a La Habana durante ese mes. Según consta en una crónica publicada por la revista Carteles en 1937, escrita por el periodista e historiador Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964) con motivo del aniversario 68 del episodio.

Argumenta Roig que los encuentros violentos comenzaron los días 12 y 13 con una cadena de hechos supuestamente anodinos, pero detonadores de la pólvora que ya prendía desde oriente.

Programa de mano de la función del 22 de enero de 1869 en el Teatro Villanueva
Programa de mano del día de la
función. El teatro Villanueva
sobresalió por presentar obras y
temas con un sutil trasfondo
político que, con el tiempo,
tomó matices patrióticos
(Foto: ARCHIVO DE BOHEMIA)

En la noche del 21 de enero se cocía el plato fuerte de la próxima jornada. De nuevo subirían a escena los bufos. Se presentaba una función en honor a una conocida actriz de la época, Florinda Camps, quien, como la calificara un historiador pro anexionista de entonces, era famosa por su maestría al interpretar papeles en obras antiespañolas.

En escena el popular guarachero Jacinto Valdés, apodado el Benjamín de la Flores, mientras cantaba dio un viva a Céspedes en medio de la pieza El perro huevero, aunque le quemen el hocico, de Juan Francisco Valerio. El gobernador político López Robert solucionó el caso con una severa advertencia y una multa de 200 pesos, por escándalo, al dueño del teatro, José Nin. Se declaró entonces que la postura de Valdés fue resultado de su borrachera.

Para la función del viernes 22 los ánimos estaban aún más caldeados en las calles habaneras. El propietario del Villanueva, quien nada tenía de timorato, anunció el espectáculo en beneficio de “unos insolventes”.

Se rumoró por la ciudad y la prensa insurgente se hizo eco de que los fondos allí recaudados serían para la Revolución. La verdadera historia se revelaría un año después.

Desoídas las advertencias del lance anterior, Nin, también suegro de Rafael María de Mendive, el maestro de José Martí (como indica un artículo de BOHEMIA, publicado en enero de 1949), no dudó en reponer el espectáculo y, por supuesto, la pieza Perro huevero
 
Por aquellos tiempos, se volvió muy de moda que las mujeres llevaran los cabellos sueltos, tal vez como una muestra de la incipiente rebeldía; además, sus trajes los adornaban con cintas de los colores de la enseña nacional y prendían de ellos estrellas solitarias. Así llegaron las féminas criollas al mencionado coliseo.

Cuenta el teatrólogo Rine Leal en su libro Breve historia del teatro cubano que “hasta una mujer tremoló, desde un palco, una bandera cubana” y se vieron agitar cintas blancas y azules desde el auditorio, cuando en medio de la escena IX el personaje de Matías dijo: “No tiene vergüenza ni buena ni mala, el que no diga conmigo ¡Viva la tierra que produce la caña!” A lo que el público enardecido respondió con vítores a Cuba Libre.

Esta vez, el Cuerpo de Voluntarios ya no sería atrapado por la sorpresa como el día anterior. Prevenidos, se hallaban ocultos en un foso de las murallas, contiguo al teatro. Y al escuchar los aplausos aprobatorios de los espectadores irrumpieron a golpe de tiros y bayonetazos contra los presentes, quienes intentaron huir horrorizados.

De aquella matanza jamás se conoció el número exacto de las víctimas. El Gobierno vetó a la prensa para que no tomara cartas en el asunto y Dulce lanzó un comunicado a través del cual pretendió levantar un muro de silencio sobre los crímenes del “benemérito Ejército”. Ningún culpable fue enjuiciado y la descarga de ira integrista se prolongó durante tres jornadas consecutivas en la capital.

Un trunco despuntar

Vista exterior del Teatro Villanueva Las autoridades colonialistas españolas clausuraron el teatro y nunca más volvió a ser lo que era. Los artistas involucrados en el espectáculo, entre ellos el Benjamín de las Flores, se marcharon tan pronto pudieron a su vida de exiliados.

En julio de 1870, Jacinto Valdés confesaba el carácter conspirativo de la histórica función en una carta publicada en El Demócrata, de Nueva York, considerada por Rine Leal “nuestro primer documento clasista teatral”.

Del 31 de mayo de 1868 al 22 de enero del año siguiente se ubica históricamente la primera temporada del bufo que Leal bautizara como muy brillante. Tras los acontecimientos del coliseo habanero el género se prohibió y solo fue admitida alguna obra, de manera eventual, en 1873. Se retomó el género de modo abierto cuatro años más tarde, en vísperas del Pacto del Zanjón.

En este movimiento inicial sus representantes eran dramaturgos, actores, empresarios y cantantes a la vez. Rechazaban el melodrama, la zarzuela, la ópera italiana y todo lo no cubano por esencia. Sus puestas en escena se caracterizaron por la parodia y las guarachas.

Varios grupos o compañías se generalizaron en ese breve lapso de esplendor. Los más destacados resultaron los Bufos Habaneros y los Bufos Caricatos; los primeros, fundados por Francisco Pancho Fernández, trascendieron a partir de los sangrientos hechos del Villanueva.

Como perspicaces observadores de la realidad circundante, generaron un arte popular y fustigador del ambiente de los grandes salones de la burguesía criolla, de la cual trataron de buscar distancia, para contar la historia de los estratos sociales menos favorecidos.

En apenas ocho meses estrenaron numerosas piezas, de las que apenas se conserva algo, y aunque su repertorio no gozó de una dramaturgia excelsa, dejaron obras importantes por su estructura dramática, como Los negros catedráticos, de Pancho Fernández, y por su significado histórico, como el sainete de costumbres o juguete cómico que selló la noche del 22 de enero.

Desde 1980 nuestro país considera la efeméride como el Día del Teatro Cubano, en tributo a los que se afanaron por refrendar la identidad nacional y cultivar un teatro diferenciador, sustentado en un sentido patriótico, inédito en nuestra tradición escénica hasta ese momento.