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IMPRENTA FEDERICO ENGELS

Parteros de libros

A propósito de la Feria Internacional del Libro Cuba 2010, BOHEMIA indagó sobre las novedades que propone la imprenta de mayor capacidad productiva del país

Por LÁZARO DE JESÚS (nacionales@bohemia.co.cu)
Fotos: JOSÉ O. CASTAÑEDA (foto@bohemia.co.cu)

(27 de enero de 2010)

Un trabajador de la imprenta Federico Engels opera la guillotina La mayoría de nosotros atesora en lo más íntimo un puñado de libros imprescindibles. Tres o cuatro mascotas letradas que mimamos como a hijos recién nacidos. De sus historias, personajes, diálogos y descripciones podemos dictar conferencias o recitar textualmente extensos fragmentos. Y, si por casualidad nos tropezamos con un hermano de esta fe, ¡ay!..., entonces no tenemos para cuándo acabar.

Conocemos al dedillo la vida y obra de sus autores. Casi seguro recordamos el nombre de los editores y, tal vez, hasta la fecha de publicación. Pero… ¿cuántos podemos decir en cuáles poligráficos se imprimieron? No hacen falta grandes encuestas: pocos, más bien poquísimos reparan en ese “pormenor”, que esconde tras la síntesis el esfuerzo copioso de anónimos gigantes.

Rostros detrás del machón

Una operaria controla la impresión de un pliego en un plotter
El proceso comienza en el área de preimpresión, donde
se comprueban el formato, las fuentes tipográficas,
las ilustraciones y las cubiertas

En la imprenta Federico Engels, de Ciudad de La Habana, no por habitual resulta menos trascendente el fenómeno de dar a luz millones de libros al año. Por la dimensión de sus instalaciones, el ajetreo de los trabajadores y los chillidos de las máquinas, bien pudiera compararse con un hospital materno, solo que de la labor de estos “doctores” y “enfermeras” se conoce muy poco.

Confieso que hasta mi visita al complejo poligráfico yo tampoco solía detenerme en el crédito de impresión, y de los intríngulis de ese mundo apenas podía aventurar suposiciones. Únicamente después de presenciar los alumbramientos seriados de textos, comprendí la magnitud del olvido mediático.

Un obrero comprueba la calidad final de impresión de un pliego
El control de los parámetros de calidad abarca todo
el proceso de impresión
“Sobre la poligrafía se sabe muy poco, se publican escasos materiales acerca de la elaboración de los libros, revistas, folletos. Pienso que este es un trabajo muy bonito y útil que debería divulgarse más, tal vez incentivaría a las personas a cuidar más los libros”, dijo Francisco Gibert, jefe de impresión de la Federico Engels, con 35 años de consagración a las artes gráficas. “Lo único que yo sé hacer en mi vida es esto, pero dudo que exista otro oficio al que se le tenga tanto amor como a este. Uno se enamora de su creación”.

Mercedes Batista, subdirectora de producción, subrayó con la misma pasión el cariño que los trabajadores —en su gran mayoría muy jóvenes— le profesan a sus labores en la imprenta. Estos muchachos, la mayor parte procedente del Centro Nacional de Formación y Superación Técnica de la Poligrafía Alfredo López, aledaño a la Federico, son muy buenos, explicó. “A la hora que les pidas trabajar ellos vienen, no importa si son sábados o domingos. No ponen reparos.”

En tiempos de más de un oficio huérfano, cuando habilidades y plenitudes andan extraviadas para no pocos, tales declaraciones nos sonaron a cosméticos para lucirle a la prensa. Así que, sin desesperarme, reservé un buen lugar en el tintero para la indagación a quemarropa en la planta. Mejor pecar de escéptico que de ingenuo.

Más que sorpresa, aliento

Operarios en la línea rústica de caballete
En la línea rústica de caballete se producen las revistas
Somos Jóvenes y Zunzún
“Después de casi cinco años de experiencia, vivo enamorado de mi trabajo”, dijo Gabriel Salazar, un obrero de apenas 21 años de edad.

En todas las áreas desenfundé la misma pregunta —a capella, disfrazada, semidirecta, impersonal…—, y siempre encontré la misma devoción al trabajo y un inconfundible aliento de sinceridad. Estos jóvenes tienen mucho que enseñar, y no solo a sus congéneres.

Mercedes, que había estado pendiente de las pesquisas, no se regodeó en presunciones y aprovechó para explicar que precisamente por la dedicación de “sus muchachos” pudieron cumplir el plan especial para la XIX Feria Internacional del Libro Cuba 2010, a pesar de que tuvieron un abastecimiento intermitente de reveladores y planchas, insumos químicos importados desde Europa, fundamentalmente, que no se pueden almacenar por mucho tiempo.

Estrategias eventuales como el doble turno de trabajo de 12 horas diarias, para aprovechar los recursos más ágilmente con la misma fuerza laboral, encuentran comprensión y apoyo entre este colectivo, a contrapelo de quienes suelen pensar que los jóvenes solo están “pa’ fiesta”.

La mayor de las fiestas

Un especialista comprueba los parámetros técnicos del color
La imprenta Federico Engels es considerada de
referencia en Latinoamérica por su moderna tecnología
Según confesaron todos los encuestados, su mayor fiesta, la del orgullo propio, acontece cuando cada febrero comprueban cómo “los hijos de su trabajo”, no solo encuentran valor de uso, sino hasta afecto en las manos de los lectores que abarrotan los pabellones, salas de presentaciones, librerías y stands por todo el país.

“Cuando voy a la Feria del Libro me llama mucho la atención la multitud, y me emociona ver a las personas hojeando un libro que contribuí a hacer”, reveló Gabriel Salazar.

Francisco Gibert en el área de impresión de la imprenta Federico Engels
“Mi vida ha transcurrido entre estas máquinas”, señala
orgulloso Francisco Gibert
Conscientes de la trascendencia de la actividad poligráfica para el deleite, el entretenimiento y la cultura del pueblo, se continuaron impulsando este año el plan especial de producción de libros, de cara al evento cultural más relevante del año en Cuba, a pesar de los nocivos efectos de la crisis global.

Solamente entre las imprentas Alejo Carpentier y Federico Engels confeccionaron 415 títulos y cuatro millones 907 mil 530 ejemplares, cifras que, si bien no alcanzan la magnitud de años recientes, sí resultan significativas en momentos en que las quiebras de imprentas, la reducción de tiradas y la desaparición de revistas son noticias frecuentes en el mundo.

Además de los libros, para los niños han confeccionado atractivas novedades como juegos de barajas del Capitán Plin, libros troquelados (La isla del Coco y El caballito enano, entre otros); figuras de animales para armar; colecciones en estuches y plegables de La Colmenita; todas con tiradas entre los diez mil y 50 mil ejemplares, que podrán adquirirse en moneda nacional, gracias a las producciones cooperadas entre ambos centros y la imprenta mixta Durero Caribe.

El obrero Gabriel Salazar en su puesto de trabajo
“Aquí cuando ha sido necesario me he quedado 12
horas produciendo y lo disfruto porque estoy en lo que
me gusta”, apunta Gabriel Salazar
Muy próximas no solo espacialmente, sino también en cuanto a relaciones de producción (muchas veces comparten el trabajo y se complementan), la Federico Engels y la Alejo Carpentier constituyen el motor de la industria gráfica cubana, que ha logrado producir más de 60 millones de libros como promedio anual durante el último quinquenio, cantidad muy superior al récord histórico de 1989, cuando se hicieron unos 50 millones y medio de ejemplares.

Contraportada de un prólogo

El operario Manuel Torres trabaja en el área de impresión de la Federico Engels
“Siempre ponemos nuestro mayor empeño en que la
producción salga en tiempo y forma”, asegura
Manuel Torres

Mientras los exegetas de la tecnología ya celebran el sepelio del texto impreso ante el auge del electrónico, los bibliófilos se aferran al libro, como inmortales flores que pueden abrirse a cualquier hora del día, y descubrirnos cada vez una dimensión diferente de ese universo inimaginable y bello que es la literatura.

Hoy parece poco probable que la era digital pueda convertirse en la tumba de los descendientes pródigos de Gutenberg y aquellas primeras imprentas de tipos móviles, devenidas en el primer medio de comunicación masiva que conoció la humanidad.

Según el operario Manuel Torres, de la Federico Engels, el hábito de leer libros impresos no va a desaparecer, porque es un elemento cultural “inyectado en nuestra sangre desde tiempos remotos, hace siglos”.

El pensamiento, la razón y el imaginario popular tienen los dedos entintados, y sus arcas desprenden los más disímiles aromas de papel.

“Un libro impreso interesante se convierte en un objeto valioso —resumió el veterano Francisco Gibert—, uno lo guarda al lado de la cama, viaja con él, lo atesora. Eso es muy difícil de reemplazar”.

El milagro a trasluz
El proceso de impresión, automatizado digitalmente en la Federico Engels, comienza con la recepción de los materiales en soporte magnético que envían las editoriales, acompañados de un original impreso conocido como “arte final”.
Los especialistas del área de preimpresión comprueban el formato y las fuentes tipográficas, las ilustraciones en blanco y negro o en colores, las cubiertas de folletos presillados o en caballetes, cubiertas de libros engomados o flexiback…
Un software especializado descompone en colores el material, pues la imprenta sobreimprime cuatro colores en —cian, magenta, amarillo y negro— en planchas diferentes que, una vez combinados, se entrecruzan para conformar ilustraciones, fotos, grabados y gamas de letras, como los ve luego el lector.
El documento revisado y probado es enviado en formato PDF al Computer to Plate, donde el documento digital se transmite a la plancha mediante el barrido de un rayo láser de baja potencia, que crea una imagen de plata latente sobre la superficie compuesta por una capa sensible de haluros de plata. Ya en la procesadora, la imagen latente grabada en la plancha pasa a ser visible, gracias a un proceso químico de revelado, enjuague, fijado y secado. El resultado es una matriz que permite la reproducción de más de 200 mil pliegos impresos.
Una máquina rotativa de cuatro colores, de fabricación alemana, encargada de la tirada en el argot gráfico, cuenta con una capacidad potencial de 70 mil pliegos impresos por hora, y aumenta la eficiencia con la producción doble y paralela del material en el mismo pliego de papel. Posee, además, un mecanismo de ajuste que cambia automáticamente las bobinas de papel, lo cual implica un significativo ahorro.