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Sección En Cuba: mirada crítica a una isla que lucha por su desarrollo y por defender su plena soberanía
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Caña perdida

Por: ARIEL TERRERO (nacionales@bohemia.co.cu)

(17 de mayo de 2010)

Con tantos palos que le han dado el clima, las carencias materiales, las ineficiencias internas, los reproches externos y hasta los olvidos históricos, es difícil pensar que la industria azucarera cubana pueda ser, como en otros tiempos, una gran alternativa para nuestra maltrecha economía. Pero me atrevo a creerlo. Y digo más: Cuba lo necesita.

Las brumas que han hundido a las zafras hasta niveles paupérrimos oscurecen, pero no niegan, las virtudes que atesora la que fuera una vez locomotora de la economía cubana. Asoman, incluso, entre la amalgama de obstáculos y limitaciones que enfrenta y entre los cuales laceran también pifias humanas como la mala planificación. ¿Qué otra cosa si no es ese vicio de hacer estimaciones productivas que contradicen a las adversidades del clima?

La actual zafra tropezó con la sequía iniciada en el verano del pasado año. Pero las autoridades territoriales y nacionales de esa agroindustria no la tuvieron en cuenta, con suficiente realismo, a la hora de plantearse metas. Sin lluvias, con apenas el tres por ciento de los cañaverales bajo riego y la mitad de los fertilizantes programados —una parte de los cuales, para colmo, llegó tarde—, los rendimientos agrícolas retrocedieron después del moderado repunte de la cosecha anterior.

Como consecuencia, la zafra 2009-2010 corre el riesgo de incumplir los planes en cerca de 200 mil toneladas de azúcar y, aun si logra un buen sprint final, apenas igualaría la producción más pobre de los últimos años, los 1,2 millones de toneladas registrados por la Oficina Nacional de Estadísticas en la campaña 2005-2006.

La carencia de caña continúa siendo el talón de Aquiles de este sector, agravado por la descapitalización de la industria, pérdidas de tiempo y otros lastres de la eficiencia fabril. Según expertos, a pesar de los infortunios industriales, los 61 centrales cubanos —solo 44 molieron este año— podrían lograr zafras entre tres y cuatro millones de toneladas… si tuvieran caña.

Además de las trastadas del clima, la estrechez en la asignación de recursos y presiones en algún territorio para cortar cepas de caña antes de tiempo —n violación de resoluciones del Ministerio del Azúcar—, los agricultores cañeros cubanos enfrentan la competencia de otras producciones agropecuarias con mejores precios. El cultivo de arroz, boniato, malanga, la crianza de cerdos o la ceba de toros, por citar unos pocos ejemplos, le rinden hoy a un campesino beneficios más jugosos que la caña, que necesita casi dos años de paciente cultivo y por cuya tonelada cobra poco más de 50 pesos.

Una nueva política de precios al productor pondría este renglón a tono con los cambios del resto de la agricultura y ayudaría a revertir el decrecimiento de los cañaverales —la superficie cosechada ha caído desde un millón de hectáreas a inicios de este siglo hasta menos de 400 mil desde la zafra 2005-2006.

Sin suficiente materia prima, los centrales tienen las alas cortadas para producir azúcar y para poner a prueba otras virtudes productivas que harían del sector el milagro que algunos buscan en un utópico yacimiento de petróleo.

Industria mediante, los cañaverales no solo aportan azúcar. También ofrecen derivados muy rentables, que tributan directamente a las exportaciones o a la sustitución de importaciones: bioelectricidad —más barata y menos contaminante que la exprimida al petróleo—, rones, alcoholes —para la industria farmacéutica, de cosméticos y la producción de combustibles—, alimentos para la ganadería y otros. Pero, igual que un yacimiento de petróleo, esa agroindustria necesita de inversiones.

La adopción en el sector azucarero, a partir de este año, de un esquema de financiamiento más flexible que la centralizada asignación de recursos favorece el acceso a moneda dura, en un momento en que la tendencia alcista de precios del azúcar en el mercado mundial pinta un escenario atractivo para las inversiones extranjeras en esa industria.

Sin embargo, la carta más sólida de la agroindustria azucarera cubana es la cultura secular de sus trabajadores, que los convierte en técnicos de éxito cuando prestan servicios en otros países. Solo hace falta desenredar nudos de la productividad patio adentro, no para volver a un pasado monótonamente cañero y peligrosamente monoproductor, sino para reencontrar en la histórica caña de azúcar nuevas alternativas que ayuden a diversificar producciones y exportaciones, clave esencial para hacer más fuerte a la economía de Cuba.