8 de febrero de 1959
Itinerario y balance
de un infame crimen
Por: MARTA ROJAS
Fotos: ARCHIVO Y PANCHITO CANO
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Edición del
8 de febrero de 1959 |
Lo menos asombroso de cuanto ocurrió y se supo en Santiago de Cuba el 26
de julio de 1953, y en los días sucesivos, fue el asesinato por la espalda del doctor
Mario Muñoz Monroy en plena vía pública -sin el menor recato- en presencia de sus dos
compañeras de luchas revolucionarias, la doctora Melba Hernández y Haydée Santamaría,
cuando era conducido como prisionero, del Hospital Civil Saturnino Lora al cuartel
Moncada; episodio que narramos en la primera parte de esta historia.
-¡Asesinos! -gritaron al unísono las dos mujeres cuando vieron caer el
cuerpo inanimado del médico Muñoz. Otras expresiones de protesta o pena no pudieron
salir de los labios de ellas, porque un barraje de ultrajes morales y físicos las
redujeron al silencio y la obediencia por largo rato. Casi desfallecidas subieron las
escaleras del SIR (Servicio de Inteligencia Regimental). Allí, en un salón ventilado y
amplio, les tomaron sus generales y las huellas digitales. De ese departamento las
condujeron a otro reducido y húmedo hasta donde llegaban, inconfundibles, las voces
desgarradoras de sus compañeros pidiendo... ¡piedad!
Habían comenzado las torturas.
Ningún revolucionario respondía a la pregunta incesante del coronel
Chaviano y de sus más encarnizados esbirros: "¿Quién es el jefe de ustedes?
¿Quién es? ¿Aureliano, Prío, Millo Ochoa?". Cualquier nombre se les ocurría
menos el de Fidel Castro; estaban totalmente despistados.
Una de las consignas del movimiento, hecha juramento antes de dirigirse a
la acción, fue no revelar el nombre del líder por ningún comprometido hasta tanto no
transcurrieran seis u ocho horas de producido el ataque. En caso de que el intento de
tomar el Moncada fracasara y se hicieran detenidos. Y el juramento se cumplía firmemente
a pesar de los más atroces tormentos.
"...el juramento se cumplía a pesar de los más atroces
tormentos."
Un sádico propuso que llevaran a las mujeres a presenciar el
interrogatorio. Cuando iban a ser conducidas a los calabozos, un fotógrafo las enfocó
con su cámara. Nadie pudo suponer en aquel momento la trascendencia histórica de esa
fotografía, presuntamente tomada a las puertas de la cámara de torturas.
Cuando entraron a las mazmorras del SIR, la doctora Melba Hernández y
Haydée Santamaría fueron obligadas a sentarse en el suelo. En esa posición estaban
cuando identificaron, aterradas, al poeta del 26 de Julio, Raúl Gómez García; el cual,
confinado en un extremo del estrecho salón, sangraba copiosamente por la boca: le habían
sacado los dientes. Tenía las manos amarradas por detrás de la cabeza y resistía con
entereza los azotes del vergajo. Lastimosamente recitaba una estrofa de su poesía Reclamo
del Centenario:
Maestro, bajo tu frente enorme,
En la profundidad perenne de tus sueños
Se vislumbra el recuerdo de tus luchas de hombre;
Y en la angustia callada de este pueblo que es tuyo
Porque es solo tu alma quien nos puede salvar.
Raúl Gómez García cayó desmayado sin que sus labios se abrieran para
pronunciar otras palabras que no fueran las de sus versos a Martí. Minutos después se
escuchaba una descarga de ametralladora; por la tarde aparecería su cadáver tendido en
un patio interior del Moncada y junto a él un arma, semejando un combatiente muerto en
acción de guerra.
Después del poeta fue torturado Abel Santamaría. A la salida del
Hospital Saturnino Lora recibió Abel los primeros ultrajes de manos de sus victimarios.
Cuando su hermana Haydée lo vio con vida por última vez, ya le habían sacado un ojo.
El diálogo postrero entre los dos hermanos fue patético:
-Es mejor saber morir, para vivir siempre -dijo Abel con voz
tranquila esforzándose en consolar a su hermana transida de angustia.
-Entonces yo quiero morir también, Abel, quiero morir -insistió ella
abrazándose a él desesperadamente.
Abel la rechazó con ternura y predijo:
-Tú y Melba deben vivir, van a vivir; ustedes tienen que contarlo todo.
Después de estas palabras solo se escucharon sus gemidos de dolor.
Comprendiendo que era inútil el obstinado interrogatorio a Abel Santamaría sus verdugos
se dirigieron a las mujeres estableciéndose un dramático coloquio entre ellas y los
aberrados soldados que no ocultaban su decisión de hacerlas hablar por cualquier medio.
-Mira, esta sangre es de un ojo que le sacamos a tu hermano -le dijeron
los esbirros a Haydée, a la par que le mostraban sus manos crueles- si no dices quién es
el jefe le sacamos el otro.
-Ya le pueden sacar el otro ojo y los dos míos también,
porque yo no lo sé -respondió ella.
Los criminales no tenían prisa ni se daban por vencidos, insistieron en
torturarlas moralmente; hasta el tenebroso salón llegó otro militar que las interroga
con tono y sonrisa burlona.
-¿Quién es Haydée? -pregunta.
-Soy yo -responde ella tajante.
-¿Y quién es Boris?
-Un amigo mío, un compañero. El guardia, mordaz, la insta a ser más
explícita.
-¡Qué compañero más cariñoso tienes! -comenta y lee la dedicatoria de
una foto.
-¿Dónde lo tienen? -pregunta imperativamente Haydée.
-Aquí, en el cuarto de al lado -responde, frío, el soldado.
-¿Qué le han hecho? -insiste ella.
El guardia, petulante y cínico, le relata las torturas a que han sometido
a Boris Luis Santa Coloma. Y, finalmente, le advierte con burla:
-Como supondrás ya tu novio no te servirá para nada; pero puedes aún
salvarle la vida, no lo hemos matado todavía -propuso el asesino.
-¡Si él supo guardar silencio no vamos a traicionarlo, criminales!
-Bueno, criminales no. Nosotros solo cumplimos órdenes -intervino un
oficial.
-¿De quién, de hombres o de bestias? -le preguntó la doctora Melba
Hernández, tan afligida como Haydée.
-De nuestro jefe, del coronel Río Chaviano -respondió.
Cerca de las siete de la noche, abatidas síquica y físicamente, fue
ordenado el traslado de ellas a otro departamento.
¿Les habría llegado su turno en la cámara de torturas?
El teniente Teodoro Rico, uno de los ayudantes de Chaviano, visiblemente
malhumorado por una terrible contrariedad, ordenó las llevaran arriba, a la Jefatura del
Regimiento. ¡Estaban salvadas!
Más tarde, uno de los custodios les explicaba la causa de su salvación
de la inquisición y la muerte.
-Agradézcanle la vida a un tipo que las retrató cuando ustedes estaban
en las oficinas del SIR, porque si no... -hizo el soldado una seña con el índice
alrededor del cuello, y agregó, "se la pelan".
(Ciñéndonos a la verdad histórica aclaramos que esa fotografía nunca
existió, pues el tipo que las "retrató", que fue Panchito Cano, solo
hizo un ademán con la cámara ya que esta no tenía, en ese momento, ni película ni
flash.)
La noche del 26 de julio, sentadas Melba y Haydée en un sillón en el
cuartel Moncada, escucharon de nuevo el tableteo de las ametralladoras. Dirigiéndose
Haydée a un sargento de apellido Cárdenas que las custodiaba le preguntó:
-Dígame la verdad: ¿ahí cayó mi hermano?
El sargento Cárdenas no respondió, pero su silencio fue más elocuente
que las palabras que pudo pronunciar.
 "Como prueba contundente e irrefutable de cuanto vimos
aquella tarde existen los valientes certificados de los médicos forenses."
Un rato antes los periodistas terminábamos el recorrido por todo el área
del Moncada en compañía de Chaviano y su oficialidad. Desde las primeras horas de la
mañana en que entramos en el campamento, estuvimos retenidos en sus dependencias. Nuestra
insistencia en que se nos permitiera, inmediatamente de concluido el combate, recorrer el
área donde se había librado la batalla, fue inútil.
-Aún no está todo preparado -respondía el ex capitán Águila Gil,
ayudante del "Chacal de Oriente", como llamara todo el pueblo al tristemente
célebre Alberto del Río Chaviano.
El ayudante de Chaviano no mentía. Aún a las cuatro de la tarde cuando
insistimos por última vez, no estaba todo preparado. Luego en el juicio por los sucesos
del Moncada se conocería de una orden dada en La Habana, el 26 de julio de 1953, en la
cual se indicaba que "a fin de mantener en alto la moral de la tropa debían caer un
estimado de seis revolucionarios por cada militar muerto". Calcúlese la cifra
exigida cuando al terminar el combate habían muerto 13 del Ejército por ocho de los
rebeldes.
La incursión por los terrenos del campamento y sus edificios anexos fue
una procesión macabra que comenzó a las cinco de la tarde y terminó, aproximadamente, a
las siete de la noche.
Casi todos los cadáveres tenían el cráneo destrozado por la metralla
con avulsión de la masa encefálica, las uñas arrancadas, los brazos quebrados, los pies
desprendidos, los intestinos a la intemperie y otras mutilaciones que hieren en lo más
profundo la sensibilidad humana.
A excepción de un pequeño número, de los ocho que murieron en el
combate, los demás estaban vestidos con uniformes nuevos y limpios, sin el menor daño,
sin un hueco, sin una mancha de sangre, a pesar de las muchas heridas que a simple vista
se observaban en los cadáveres. Los uniformes abotonados descuidadamente dejaban ver
otras ropas ensangrentadas pegadas a los cuerpos sin vida.
Como prueba contundente e irrefutable de cuanto vimos los periodistas
aquella tarde triste, además de las fotografías captadas y divulgadas, existen los
certificados expedidos por los médicos forenses en presencia de la Sala de Vacaciones del
Tribunal de Urgencia de Santiago de Cuba, constituida en el cementerio de Santa Ifigenia.
En esos certificados redactados valientemente se consignan todas las atrocidades cometidas
en el Moncada.
Antes de que se prendiera fuego a una sección del Palacio de Justicia de
Santiago de Cuba, donde se guardaban pruebas importantes de la Causa 37 y de otros
procesos revolucionarios, el oficial de secretaría, señor Adolfo Alomá, a riesgo de su
vida, sacó copia de los más valiosos documentos judiciales en relación con los sucesos
del cuartel Moncada y entre esos, de los certificados de autopsias; tanto de militares
como de rebeldes muertos a raíz del asalto al Regimiento Uno.
Con carácter exclusivo transcribimos en este reportaje algunos de los
referidos certificados, cuyos originales constan en los legajos secretos de la Causa 37.
Léase:
"En la ciudad de Santiago de Cuba, a los 27 días del mes de julio de
1953, la Sala Segunda de Vacaciones de la Audiencia de Santiago de Cuba, integrada por su
Presidente el doctor Manuel Urrutia Lleó, (actual Presidente Provisional de la
República) y los doctores Mario Vázquez Martínez y Evelio Morales Castillo,
magistrados, con la asistencia de los doctores Manuel Prieto Aragón, Carlos Padrón
Ferrer, Ramón Cabrales Arjona y Alipio Rodríguez López, médicos forenses, y el
secretario que suscribe, se constituyó en el cementerio de esta ciudad, al objeto de
proceder al reconocimiento de treinta y cuatro civiles muertos con motivo del asalto al
Cuartel Moncada y que han sido remitidos a este cementerio, se presenta:
 En ruta hacia la posta 3, entrando en la avenida Moncada
"Número 1.- Se presenta el cadáver de un individuo desconocido al
parecer de la raza blanca, que viste camisa, pantalón de kaki y debajo del pantalón
otro pantalón blanco de enfermo, faltándole de su dentadura los incisivos superiores
y presenta herida de bala de grueso calibre en la región parietal derecha (orificio de
entrada), gran herida en la región costo-lumbar derecha a nivel de la región vertebral,
otra herida en región temporo-oricular izquierda (orificio de salida de la primera), tres
heridas en la región deltoidea izquierda, causa de la muerte directa, hemorragia craneana
y la indirecta, heridas por proyectiles de arma de fuego.
"Número 2.- Se reconoce un cadáver que viste ropa militar, pantalón
de montar kaki sin entizar los cordones y al parecer con los amarres que tienen antes de
ser usados, zapatos negros y presenta una herida de salida en el hipocondrio
izquierdo, una interparietal arriba y otra algo más adelante en la misma región, una de
entrada en la región costal derecha posterior. Se dispone la ocupación de la ropa
militar y zapatos observándose que la camisa del uniforme no tiene huellas de la bala que
penetró por la espalda o por el hipocondrio. Siendo la causa directa de la muerte
hemorragia abdominal y torácica, y la indirecta heridas por proyectiles de arma de fuego.
Retirada de los combatientes del Moncada
"Número 3.- Se reconoce un cadáver que viste pantalón militar sin
cordones y debajo de este un pantalón blanco con un letrero que dice "Sala
Sexta", al parecer del Hospital, cuyos dos pantalones se ocupan. Presenta dos
heridas grandes a derecha e izquierda del cráneo, que según los peritos pueden haber
sido causadas por varias balas de ametralladora o por una granada. Siendo la causa directa
de muerte hemorragia cerebral y la indirecta por proyectil de arma de fuego.
"Número 4.-Se examina un cadáver que viste pantalón kaki, sin
huellas de bala, y zapatos negros, ocupándose dicha ropa. Presenta una herida en la
región femoral izquierda y una en la rodilla izquierda con fractura del fémur izquierdo,
una herida en el cuello, a la derecha, de entrada, con salida en el occipital izquierdo y un
hueco muy grande con avulsión como del tamaño de la huella de un pie humano en la
región ileolumbar derecha. Todas las heridas son al parecer de balas. Siendo la causa
directa de la muerte hemorragia intercraneana y la indirecta, heridas por proyectiles de
armas de fuego.
"Número 5.- Se examina un cadáver que viste pantalón kaki. Presenta
una venda en la pierna derecha sobre trece heridas de bala, diseminadas por la cara
antero-posterior de la pierna derecha; dos heridas de bala en la región occipital media,
casi en la nuca, una en la cara postero-lateral izquierda del cuello, dos en el lado
izquierdo de la cara, una al parecer de proyectil de gran calibre en la región externa.
Se ocupan el pantalón referido y las vendas. Siendo la causa directa de la muerte
hemorragia intracraneana y torácica, la indirecta, heridas por proyectiles de arma de
fuego." (Parece tratarse de un herido que fue asesinado después.)
 Un guardia de la tiranía exhibe en el piso del cuartel Moncada
las armas de pequeño calibre que utilizaron los heroicos asaltantes
Hasta el número de 62 se reconocieron cadáveres de civiles en
condiciones semejantes a las descritas por los forenses en presencia de la Sala de
Vacaciones de Urgencia, presidida en esa fecha por el magistrado Urrutia Lleó. Los
médicos que levantaron actas posteriores en el municipio de El Caney lo hicieron muy
sucintamente, consignando que por el estado de descomposición de los cadáveres a estos
no pudieron tomárseles las huellas digitales ni practicárseles investigación alguna. El
levantamiento de cadáveres en el municipio de El Caney estuvo bajo la jurisdicción
militar, si no de derecho si de hecho, ya que el juez doctor Antonio Menéndez Sotolongo
estaba asistido del primer teniente médico Dr. Luis Montalvo Lefebre. Sin embargo, a
pesar de lo sintética de las actuaciones en algunas se descubre el crimen; como por
ejemplo en la que copiamos literalmente: "...avanzando como a una distancia de cinco
metros, aproximadamente, aparece el cadáver de un individuo color blanco, delgado, como
de 25 años, pantalón azul, zapatos de dos tonos, con un pullover que dice Georgia, con
pérdida total de la primera falange del dedo pulgar de la mano derecha, causa directa
colapso cardíaco vascular y la indirecta herida por proyectil de arma de fuego".
(Todo parece indicar que el individuo falleció mientras era torturado).
*
Al concluir la excursión dantesca por el área del Moncada, el coronel
Chaviano hizo un alto en el polígono para hablar a los periodistas y fotógrafos.
Directamente en frente a la escalerilla que conduce a su despacho se expresó autoritario
y decidido.
-Esas fotos que ustedes han tomado -dijo dirigiéndose a los reporteros
gráficos- no pueden publicarse, acabo de recibir órdenes terminantes del Jefe del
Ejército y del Presidente de la República en ese sentido. No puede salir de aquí
ninguna fotografía. Cuando me ausenté en el recorrido fue para atender esa llamada
telefónica; en cuanto a los periodistas, deben atenerse a las informaciones oficiales que
acabo de darles hace un momento.
Y agregó:
-El teniente Rico tiene órdenes mías de que inmediatamente recoja los
rollos fotográficos o chassis de las cámaras. No traten de engañarme porque el que
trate de salir del Moncada con una solo foto no autorizada por mí lo pasará muy mal.
 Esta fotografía, por si sola, prueba el horrendo crimen que se
cometió con los prisioneros. En ella aparece herido despues del combate el asaltante
José Luis Tasende. Como otros muchos, después sería torturado y asesinado cobardemente
por los verdugos de Chaviano
Chaviano se retiró unos pasos para atender a su ayudante Águila Gil,
dejando en su lugar al teniente Rico, despojando a los fotógrafos del precioso material
informativo.
Panchito Cano y yo intercambiamos un gesto de aprobación. Cuando
la requisa llegó al sagaz reportero gráfico de BOHEMIA éste entregó sin
protestar su cartera de cuero repleta de chassis; había docenas de fotos.
-¡No te quedes con ninguna, Panchito -le advirtió el propio
Chaviano- de nada te van a servir y te pueden costar la vida!
-Coronel -dijo tímidamente Panchito- el único chassis que no le entrego
es el que está en la cámara porque no he tomado ninguna fotografía con él.
-Pues sácalo por si acaso y entrégaselo al teniente; o mejor, dame acá.
El propio Chacal extrajo la caja de película de la cámara de Panchito
Cano.
Salimos del cuartel precipitadamente, pues a juzgar por las palabras de
Chaviano tan pronto se descubriera el ardid nuestras vidas corrían peligro. Los negativos
entregados al coronel eran los que tomamos durante toda la noche anterior en los
carnavales. Las fotos de los muertos las llevaba yo en mi cartera y en un amplio bolsillo
de la saya.
Cuál no sería su sorpresa cuando llevaron a su mesa de trabajo las
imágenes de rumberos y tocadores de conga. El había asegurado al Estado Mayor de
Columbia que todo el material gráfico del macabro espectáculo que él mismo había
preparado estaba en su poder y que no sería conocido jamás.
Chaviano había entrado en el cuartel Moncada después de las ocho de la
mañana y el comandante Andrés Pérez Chaumont, aproximadamente a las once. Pérez
Chaumont justificaba su ausencia diciendo que los rebeldes lo tenían sitiado en su
residencia de la playa Ciudamar, extremo este que no era cierto.
Así que la defensa del Moncada la asumió el comandante Rafael Morales
Álvarez desde los primeros momentos del ataque. Morales, tan pronto escuchó los primeros
disparos se comunicó telefónicamente, desde su casa, con el capitán ayudante Manuel
Águila Gil, y éste le trasmitió órdenes de Chaviano de que entrara en el campamento
por la puerta próxima a la residencia del coronel, justamente en dirección opuesta a la
posta por donde penetraron los revolucionarios. Cuando Morales se percató de la
situación defendió el campamento del ataque enemigo. Al rechazar a los atacantes y cesar
el fuego las bajas eran 13 militares y ocho rebeldes, más un grupo numeroso de heridos
por ambas partes.
Tan pronto se restableció el orden dentro del Regimiento, Morales lo
comunicó al ayudante y al poco rato llegó Chaviano con sus medidas de terror.
 Renato Guitart alquiló el hospedaje Gran Casino para albergar a
los que protagonizarían la acción contra el cuartel de Bayamo
A media mañana fue detenido y conducido al Moncada un joven sospechoso de
haber participado en el asalto al cuartel. La detención se efectuó en las proximidades
del campamento. El interrogatorio estuvo a cargo del teniente coronel Rossell quien logró
que el joven revelara la existencia del campamento rebelde de Siboney. Después de
identificada la granja de Tizol, Rossell ordenó que lo condujeran al calabozo; la orden
se produjo en los momentos en que entraba en el Moncada el comandante Pérez Chaumont,
hombre de confianza del coronel Chaviano. Horas más tarde el joven aparecía entre los
muertos: fue otro combatiente póstumo.
Con los anteriores antecedentes una patrulla al mando del comandante
Pérez Chaumont y del capitán Lavastida, del SIR, se encaminó a la playa Siboney con el
propósito de establecer contacto con los revolucionarios que pudieran escapar. La
incursión de Chaumont y Lavastida por Siboney fue infructuosa; solo encontraron la granja
abandonada. Pero por los alrededores corrían insistentes rumores de que los jóvenes se
habían internado en los montes y que tomando por un lugar llamado Sevilla se dirigían a
la Sierra Maestra.
Ya habían transcurrido más de seis horas del ataque y los detenidos
revelaron que el jefe del movimiento armado era el doctor Fidel Castro Ruz, que el mismo
no tenía vinculación alguna con ningún grupo o personalidad política de la oposición,
ni tampoco con la Federación Estudiantil Universitaria.
Fidel Castro pudo reunir una tercera parte de sus hombres. Pero algunos
desanimados por el fracaso, sin fe, con hambre y sed, decidieron entregarse a los soldados
que merodeaban por los contornos en busca de ellos. Al rendirse fueron ultimados.
Al Moncada seguían llegando detenidos procedentes de Bayamo, Ciudad
Monumento, donde esa misma mañana se había producido simultáneamente una acción
semejante a la de Santiago de Cuba, la cual fracasó también; otros detenidos procedían
de Veguita, de Palma Soriano y de los suburbios de la ciudad. Todos los que entraron por
sus propios pies esa noche al cuartel Moncada salieron la mañana siguiente tendidos sobre
una enorme rastra rumbo al cementerio de Santa Ifigenia. El macabro cortejo fue paseado a
la vista de todo un pueblo por la Carretera Central hasta el paseo Martí y del paseo
Martí a la avenida Crombet hacia el camposanto.
Mientras, el dictador Batista imponía la Cruz de Honor, por valentía en
el combate, a la bandera del Regimiento Uno y exaltaba "las virtudes y pundonor de
Chaviano, Chaumont, Lavastida y otros", con un violento discurso a la tropa lleno de
odio e incitaciones, y en el que decía, entre otras cosas, "que los soldados
enfermos habían sido asesinados mientras dormían en sus camas del Hospital Militar,
agredidos cobardemente con machetes y cuchillos". Los propios oficiales del
Ejército, dos meses después, en el trascendental juicio por los sucesos del Moncada,
desmintieron esa versión oficial de los hechos tan difundida por el régimen del 10 de
marzo.
 Cinco de los autos de los revolucionarios. Foto tomada poco
después del combate
Los jóvenes que siguieron a Fidel Castro en la retirada y se mantuvieron
a su lado tuvieron mejor suerte, fueron hechos prisioneros. A pesar de las vicisitudes de
cinco días a monte traviesa, apenas sin agua, sin parque y sin alimentos, no sufrieron el
relajamiento moral y físico de las torturas y la muerte lenta. A las 48 horas de iniciada
la persecución al grupo alzado, las entidades cívicas y religiosas comenzaron a
movilizarse en el sentido de obtener de las autoridades plenas garantías para la vida de
los que quisieran rendirse.
Monseñor Pérez Serantes fue el prelado católico que lideró la campaña
de respeto y entrega íntegra de los prisioneros y abogó por el rendimiento del doctor
Fidel Castro y sus acompañantes. Las gestiones de Su Ilustrísima se iniciaron en
Santiago, cerca del propio coronel Chaviano y culminaron en La Habana entre las esferas
eclesiásticas y oficiales de mayor jerarquía. En una alocución que aludía
manifiestamente a una anterior exhortación de Pérez Serantes, el coronel Chaviano, el 31
de julio, ofreció garantías al prelado para que fuese en busca de los fugitivos, y los
invitara a deponer las armas.
La gestión del Arzobispo de Santiago de Cuba tuvo rotundo éxito.
La Operación Moncada se había malogrado. Y Chaviano pretendió
presentar al pueblo de Santiago de Cuba, ante la opinión pública, como hostil a los
revolucionarios, aduciendo que: "vinieron de fuera a perturbar los mamarrachos".
Pero el pueblo que conoció de los crímenes y atropellos cometidos con los prisioneros
indefensos, condenó desde el primer momento la barbarie desatada por el Chacal y
su camarilla. Uno de esos crímenes que conmovió a los santiagueros fue el alevoso
asesinato del Niño Calá que nada tenía que ver con el hecho del Moncada. Desde
ese momento se desencadenó el terror contra la población de la capital de Oriente; pero
también desde ese instante la brava ciudad de los Maceo se incorporó a la lucha contra
la dictadura.
El cortejo macabro de la rastra repleta de muertos colmó la copa de
indignación que se desbordaría en septiembre cuando el pueblo escuchó toda la verdad en
el recinto del Palacio de Justicia al abrirse la Causa 37 por los sucesos del cuartel
Moncada.
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